Manuel González, un nuevo sevillano en los altares

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manuel-gonzalezEl beato Manuel González ha sido declarado santo este domingo 16 de octubre, en el curso de una solemne celebración presidida por el Papa Francisco en la Plaza de San Pedro, en Roma.

Niño seise de la Catedral de Sevilla, impulsor de la gran familia de la Unión Eucarística Reparadora, fundador de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret y de la revista El Granito de Arena, prelado de Málaga y Palencia… Estos son algunos de los hitos más significativos de la vida del beato Manuel González, el ‘apóstol de los Sagrarios abandonados’, que se suma de esta forma a la lista de sevillanos en los altares.

En Sevilla pervive la huella de un hombre santo, y de forma muy especial en todas las comunidades de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret, las Nazarenas, presentes en ocho países de dos continentes. La congregación cuenta con una comunidad en la céntrica calle Mateos Gago y una guardería infantil en Palomares del Río.

San Pedro, en la mañana de este domingo.
San Pedro, en la mañana de este domingo.

Con motivo de la subida a los altares del beato Manuel González, el arzobispo de Sevilla, monseñor Juan José Asenjo ha publicado una carta pastoral que reproducimos íntegramente.

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo, 16 de octubre, XXIX del tiempo ordinario, tiene lugar en Roma una ceremonia que ha de llenar de alegría y orgullo a todos los católicos sevillanos, pues en esta mañana el papa Francisco canoniza al beato Manuel González García, nacido en Sevilla, calle Vidrio 22, el 25 de febrero de 1877. Don Manuel fue obispo de Málaga y Palencia y antes miembro de nuestro presbiterio diocesano. Fundador de las Hermanas Misioneras Eucarísticas de Nazaret y de otras varias instituciones eucarísticas, es gloria de nuestra archidiócesis. Me remito a la carta pastoral que he publicado en fechas recientes sobre este acontecimiento excepcional. Básteme decir, en sintonía con la Palabra de Dios de este domingo, que don Manuel fue un hombre de oración ferviente y que escribió páginas hermosísimas sobre la oración.

“El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y  la tierra”. Con estas palabras del salmo 120 respondemos en este domingo a la Palabra de Dios de la primera lectura. Con ellas, expresamos nuestra convicción profunda de que en la vida cristiana todo es don, pues es Dios el que nos regala, por medio de su Espíritu, el querer y el obrar y es Él quien nos alienta con su gracia en nuestro camino de fidelidad. “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles” nos dice el salmo 126. San Pablo, por su parte, nos dice que en nuestra vida, “ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios que da el incremento” (1 Cor 3,7). De ahí, la necesidad de la oración, tema central de las lecturas de este domingo.

En el Evangelio de san Lucas, el Señor nos ha invitado a “orar siempre sin desanimarse”, pues Dios no puede dejar de escuchar a sus hijos que le gritan día y noche. La lectura del Antiguo Testamento nos ha mostrado la oración insistente y perseverante de Moisés, que da la victoria al pueblo de Israel sobre los amalecitas. El fragmento de la carta de san Pablo a Timoteo nos ha dicho cuál debe ser el punto de partida de nuestra plegaria, la Escritura Santa, fuente primera, como nos dijo el Concilio Vaticano II, de nuestra oración y meditación.

Uno de los aspectos más genuinos de la enseñanza de Jesús, el primer orante, que sube al monte cada noche para estar a solas con su Padre, es la invitación a la oración constante, que es exigencia de nuestra condición de hijos, que reconocen la absolu­ta soberanía de Dios, confían en su amor y misericordia y tratan de ajustar constantemente su voluntad a la de Dios. En la oración diaria  sintonizamos con la sabiduría y la voluntad de Dios y, casi sin darnos cuenta, se produce en nosotros una especie de afinidad con la verdad de Dios, que es en definitiva la verdad más profunda sobre el hombre y el mundo. En la oración crece nuestra amistad e intimidad con el Señor, se graban en nosotros sus propios sentimientos y el Señor nos va modelando y robusteciendo nuestra unión e identificación con Él.

Santa Teresa de Jesús nos dice en el libro de la Vida, 8,2, que orar no es otra cosa “sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”. Y en el Camino de perfección, 4,5, añade que “sin este cimiento fuerte [de la oración] todo edificio va falso”. Así es en realidad. Quiero añadir que sin el humus de la oración, todo en nuestra vida será agitación estéril. No habrá eficacia pastoral ni fecundidad apostólica, ni será posible vivir la fraternidad y el servicio a nuestros hermanos. La oración diaria nos refresca, nos reconstruye por dentro y facilita grandemente el cumplimiento de nuestras tareas y deberes. Cuando en nuestra vida hay oración verdadera, nos dice un gran maestro de oración del siglo XX, san Pedro Poveda, “no hay dificultad insuperable, ni hay problema insoluble, ni falta paz, ni deja de haber unión fraterna, ni se conoce la tristeza que aniquila, ni se siente cansancio en el trabajo; todo está en orden, hay tiempo para todo”.

Los cristianos, clérigos, laicos y consagrados, debemos ser hombres y mujeres de oración, convencidos de que el tiempo dedicado al encuentro íntimo con el Señor es siempre el mejor empleado, porque, además de ayudarnos en el plano personal, nos ayuda también en nuestro trabajo apostólico. Efectivamente, en la oración, en las cercanías de Jesús, en el encuentro diario con Él, descubriremos el gozo y el valor de vuestra propia vida. Ese es el lugar de la Iglesia y su principalísimo quehacer y ese es el lugar y el quehacer fundamental de todo cristiano consciente y comprometido. En las cercanías del Señor encontraremos la alegría, la fortaleza y la seguridad para vivir con gozo y con verdadero compromiso nuestras respectivas vocaciones.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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