La hija de Oswaldo Payá, en Sevilla

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La impresionante intervención de Rosa María Payá el pasado lunes en el Foro Ángel Herrera de CEU-Sevilla nos permitió tomar conciencia de hasta qué punto somos privilegiados por vivir en un país libre, y cómo media humanidad –entre ella, los cubanos, tan próximos histórica y culturalmente- permanece privada de derechos elementales que nosotros hemos convertido en rutina dada por supuesta. No es ya que los demos por supuestos: es que gran parte del espectro político español habla de “destrucción de derechos sociales” y “recorte de libertades” a cuenta de unos ajustes presupuestarios que resultaban inevitables en un país que en 2009 llegó a un déficit público de 11.2% sobre el PIB y estaba al borde de la bancarrota. Curiosamente, los partidos que hablan de carencia de derechos en España –uno de los países más libres del mundo- tienden a simpatizar con la tiranía que asesinó a Oswaldo Payá. La que ha convertido a Cuba en una prisión desde hace ya casi seis décadas.

Rosa María Payá ha sucedido a su padre en la conservación de la llama de la oposición democrática en el interior de Cuba. En su charla entrelazó la historia de su familia con la de su país, mostrando cómo los Payá ya se opusieron a la cleptocracia de Fulgencio Batista en los 50. A Oswaldo Payá le tocó en suerte, por razones generacionales, la dictadura de Fidel Castro, totalitaria e irreversible, que consiguió empobrecer a conciencia al que a mediados del siglo XX era uno de los países más desarrollados de Hispanoamérica. Payá conoció los campos de reeducación y trabajos forzados –durante tres años- ya en su adolescencia. Su delito era el compromiso católico: la Iglesia fue objeto de encarnizada represión hasta la visita de Juan Pablo II en 1998 -¿recordará ese dato la alta autoridad eclesiástica que hace poco se abrazaba efusiva e innecesariamente con Castro?- y aún hoy su actividad sigue sometida a restricciones, estándole vedada, por ejemplo, la enseñanza religiosa y la titularidad de centros educativos. En el laogai castrista, Payá se encontró “con seminaristas, pastores protestantes, homosexuales, hippies, rockeros, sacerdotes yoruba”, y en general con todos los que se desviaran de algún modo de la ortodoxia comunista. La “reeducación” fracasó y, mientras se ganaba la vida como ingeniero de telecomunicaciones, Payá encabezó a partir de 1988 el Movimiento Cristiano de Liberación, que, en la línea de la Solidaridad polaca o la Carta 77 checoslovaca, exigía al régimen el reconocimiento de la libertad de expresión, la libertad religiosa, el pluralismo político y demás derechos fundamentales. Después, a finales de los 90, lideró el Proyecto Varela: aprovechando un mecanismo de iniciativa legislativa popular previsto en la propia Constitución cubana –introducido como “pueblo de Potemkin” legal: fachada democrática para engatusamiento de extranjeros crédulos- Payá y los suyos consiguieron reunir más de once mil firmas que pedían esencialmente lo mismo. La respuesta del régimen fue encarcelar a los promotores de la iniciativa –sus esposas crearon el movimiento de las Damas de Blanco– y reformar la Constitución para declarar “irreversible” el Estado socialista. El artículo que proclama dicha irreversibilidad no es reformable.

Pero el prestigio internacional de Oswaldo Payá seguía creciendo: recibió el Premio Sajarov del Parlamento Europeo y fue propuesto repetidamente para el Nobel de la Paz. El “poder popular” admirado por tantos progresistas de Europa y Norteamérica decidió cortar por lo sano. La familia tiene la certeza de que el rocambolesco accidente de 2012 no fue la causa de la muerte de Payá, sino la coartada para su asesinato. El coche fue embestido por detrás; pero, una vez detenido, sus cuatro ocupantes seguían vivos, como pudieron comprobar testigos que después no fueron convocados a un juicio amañado. Los dos extranjeros –el español Carromero era uno de ellos- fueron trasladados a otro lugar. Y los opositores cubanos Oswaldo Payá y Harold Cepero aparecieron muertos horas después.

Otras muchas cosas nos explicó Rosa María Payá –ante un público decepcionantemente escaso- en el caluroso atardecer sevillano. Cómo el régimen intimida constantemente a los disidentes mediante espías y sicarios. Cómo EE.UU. y otros países libres han hecho el caldo gordo a la tiranía contribuyendo a alimentar un espejismo de apertura (“el régimen ha aprendido a manejar los símbolos de la libertad –conciertos de los Rolling Stones en La Habana, etc.- mientras sigue aplastando la libertad”). Cómo el Papa Francisco no dirigió una sola palabra de aliento a la oposición democrática, ni tampoco de crítica a la dictadura (soy yo quien lo formula con esta rudeza: Rosa María lo dio a entender de forma más diplomática, aunque inequívoca). Cómo el gobierno de Rajoy ha avalado vergonzosamente la versión oficial sobre la muerte de Oswaldo Payá, que tenía también la nacionalidad española. Cómo la empresa del Proyecto Varela ha sido continuada –en una nueva versión, en la que se pide un plebiscito- por la plataforma Cuba Decide, con la que pueden colaborar todos los amigos de Cuba y de la libertad.

Salimos de allí con cierto complejo de niños mimados que no merecen lo que tienen. Y con la certeza de haber conocido a una heroína.

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