Será que quiero quererte a mi manera

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Confieso que cada vez me cuesta más entender a los cofrades. Sin lugar a dudas la culpa es mía, sólo mía.
Será que me gusta vivir sin poner ni leer etiquetas, apartado de clichés o subordinado a la corriente de los bienqueda.
Será que cada vez palpo con más frecuencia la separación de la fiesta y el pueblo, del rito y sus gentes, de la fe y sus practicantes.
Será porque que cada vez importa menos llevar a los niños de la mano, o si es preciso en sus carros, a mamar la esencia, que hoy todos los nuevos cofrades ya nacieron sabiendo cómo se pica un izquierdo, o el nombre del compositor del trío más hermoso jamás soñado.
Será que no concibo ir a ver al Gran Poder de Dios alejado en 40 metros de la presencia de sus fieles cuando en el año de la Misericordia se pasaban pañuelos por sus andas.
Será que no me gustan las mentiras de quienes deben velar por hacernos sentir seguros al realizar nuestra manifestación pública de fe.
Será que no me gustan los círculos cerrados y viciosos de las adjudicaciones para el PPV de los desfiles, que secuestran a los cortejos y privatizan calles para el público.
Será que la Semana Santa del pueblo es cada vez menos del pueblo.
Será que soy ridículo por pensar que en el atril podría estar alguna vez un camarero o una asistente social, o pintando el cartel un grafitero o cualquier extranjero.
Será que soy absurdo por consentir (como tú) que las entradas del Pregón sean carne de las juntas y sus compromisos, y en muchas de las veces pagadas con los presupuestos que generan tus cuotas.

Será que quiero que llegue la primavera, e ilusionarme de nuevo con olvidarme de nuevo, o será que quiero quererte a mi manera

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