CAUSAS Y AZARES: 23F

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Algunos países tienden a cultivar algo así como un secreto fundacional. En los Estados Unidos el mitema lo alimenta el misterioso asesinato del presidente Kennedy, que a los españoles ya nos resulta más absolutamente familiar que los batuecos de Prim, Cánovas o Carrero, que también llevaron lo suyo. Aquí, el gran tabú es el 23 de febrero de 1981, efeméride del esperpéntico asalto perpetrado por unos cuantos Guardias Civiles de Tráfico, llegados al Congreso de los Diputados en autobuses privados y bajo el mando de un mostachudo Tecol, más fichado por facha que un camello de barriada por trapicheo de papelinas, que todo hay que decirlo.

Se debe perder toda esperanza de llegar a conocer algún día el trasunto real de esta fea historia. La falta de datos veraces ha sido suplida con dosis ingentes de especulación, cantidades industriales de pistas falsas que acaban en callejones cegados e incontables fallos de lectura en el GPS de los acontecimientos puntuales. Esta maraña de indicios inconexos aburre ya hasta a los espíritus más curiosos y perseverantes. Una férrea ley del silencio sella, como una losa, la fétida cloaca sin perjuicio de haber entrillando en su pesada caída los dedos de la investigación veraz e independiente.

Y así, transcurridos treinta y cinco años desde que se taladrasen los altos techos del noble hemiciclo con ráfagas del nueve, hay aquí más gato encerrado que en la antañona alhóndiga sevillana, hoy Archivo Municipal.

Aquel a quien aprovecha el crimen es quien lo ha cometido (Cui prodest scelus, is fecit). Al menos, eso afirma Medea en la tragedia homónima de Séneca. El aserto no ofrece una técnica indagatoria plenamente satisfactoria, qué duda cabe. Sin embargo, acuciados por el deseo de conocer y la necesidad apremiante de entender, cuando los datos contrastados se hurtan de esta manera la inteligencia humana tiende indefectiblemente a la especulación.

El beneficiado por el 23 F fue el sistema del 78. Al completo: la monarquía de Juan Carlos y el régimen de partidos que le sirvió de cobertura y sustento. Comenzando por el segundo término de la ecuación, la televisiva astracanada de Tejero confrontó a la sociedad española con un dualismo excluyente. O la libertad, representada por los diputados rodando por el enmoquetado suelo del Parlamento, o el autoritarismo violento de un “¡se sienten, coño!” que ahora puede sonar chusco y, entonces, como una amenaza muy real.

En muchos sentidos, la naturaleza íntima de aquel golpe quedó clarificada con la fallida llave de karate que el Teniente Coronel lanzase al Teniente General. Entre las imágenes del día destaca, sin duda, la dignidad inapelable del anciano Gutiérrez Mellado, tan firme en su postura corporal como en sus convicciones morales.

Pero, sin apelación posible, el gran triunfador de aquella jornada fue Juan Carlos de Borbón y Borbón. Cui prodest? Pues a nadie como a él, la verdad. Por eso no puede extrañar que, ante la omertá institucional que pesa sobre aquellas horas terribles, muchos índices ávidos de señalar responsabilidades apunten hacia la real coronilla. Es una de las posibilidades más capaces. A fin de cuentas, en estas aleas resulta muy práctico contar con un amigo íntimo como segundo jefe del Estado Mayor del Ejército. El pobre Armada, el abyecto perdedor de la jornada… Murió negándose a revelar la identidad de aquel “elefante blanco” que vendría a resolver el embrollo. Y, lo que resulta mucho más clarificador, negándose a reconocer que tal personaje hubiese podido ser él mismo, tal como las inteligencias juramentadas en la sombra todavía pretenden hacer creer.

El 23 F elevó a Su Majestad a los altares de la Democracia mundial, aunque por méritos que bien pueden sospecharse impropios. Pero, hoy, esa aurea imagen pública construida con sabias dosis de marketing y maquillaje se va pareciendo, más y más, a la grotesca caricatura que del monarca hacía la extrema derecha en los ochenta. Juan Carlos, el novio gagá de Corina; el suegro cariñoso y valedor de Urdangarín; el íntimo de Diego Prado, Virrey de la Sierra de Aracena; el “pares y nones” de Mario Conde, a quien eleva lo mismo que lo hunde; el patético cazador de paquidermos africanos mientras el país se cocía en el jugo de la crisis; el personaje ruin, lascivo y mercadante que describen Jesús Cacho o el coronel Martínez Inglés, asumiendo valerosamente todos los riesgos… Y es que, como sentencia el tango famoso: “fiera venganza la del tiempo, que le hace ver deshecho lo que uno amó.”

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