Veranos on fire

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Qué bonito el verano. Qué bonitas las playas, con sus chiringuitos y sus sombrillas. Y qué bonito el campo, tan precioso con montañas y sus valles y sus ríos. Y las ciudades, tan vacías y tan accesibles. Todo el mundo parece más relajado, más feliz, más predispuesto a ser buena persona. Pues no.

Porque el verano tiene algunos temas recurrentes, y no son precisamente bonitos. Este año han ardido más de 5.000 hectáreas. Para la gente que vive en el campo una hectárea es una medida que no necesita explicación. Porque cada metro que arde es una desgracia sin tamaño. Y para los que no sepan cuánto es eso, se les equipara con campos de futbol, que es la medida de lo que realmente parece importar en esta sociedad. Pues son el doble, 10.000 campos de fútbol ardiendo. El sevillano parque de Maria Luisa mide 34 hectáreas. Ahí lo llevan.

Algunos pensarán que es inevitable, que todos los años lo mismo, que qué se le va a hacer… En esto pienso como en otras muchas cosas: lo primero, dejar a los que saben decidir sobre lo que saben. Organizar desde un despacho a cientos de kilómetros cómo gestionar un espacio natural es muy complicado; tanto como hacer ecologismo de salón. Alguien debería preguntar, por ejemplo, a los que viven junto a Doñana (viven, digo, no explotan a través de grandes empresas) si antes de declararlo Parque y protegerlo tanto estaba mejor o peor que ahora. Porque impedir el pastoreo, o la saca de corcho, o la cría de ganado en la zona sólo ha servido para enemistar a los vecinos con el Parque y para que aquello sea zona perfecta de maleza y suciedad, elementos perfectos para iniciar los fuegos de este año. Zapatero a tus zapatos…

Normalmente detrás de cada llama está la mano del hombre (o de la mujer, no se me ofendan) que arrastra intereses económicos, políticos o personales. También hay tontos que encienden barbacoas en medio de un pinar en agosto y se les va de las manos, pero no se equivoquen: pirómanos diagnosticados hay pocos, la mayoría son hdp (padre, no me riñas por los tacos) con un propósito concreto. Y en medio, un batiburrillo de administraciones regionales, mancomunidades y ayuntamientos tirándose la pelota unos a otros, mientras el campo arde.

La ley no ayuda mucho a reducir estos ataques al patrimonio natural, porque las penas son laxas y a menudo no se esclarecen los hechos. Tengo para mí que si hubiera que responder con el patrimonio personal por el desastre causado más de uno se lo pensaba. Otra opción que barajo es atarles a un árbol y prender fuego, a ver qué les parece. Pero no, qué barbaridad, cómo se me ocurre. Qué culpa tendrá el pobre árbol…

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