San Isidoro del Campo

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A las diez en punto de la mañana se abren las puertas. Solo estoy yo. La persona que atiende me da la bienvenida y me pide mi lugar de procedencia. Le digo que vengo de Sevilla y lo apunta. Me pregunta que si conozco el monasterio y contesto que sí, pero que hace siglos de la última vez que lo visité y no recuerdo mucho lo que me voy a encontrar. Ella sonríe, sabe que quiero ver los montañeses, y me da unas breves instrucciones; simplemente debo seguir el camino marcado. Yo todavía no he querido volver la mirada a lo que me llama a gritos. Sé que está allí, pero no quiero mirar todavía. Está allí; lo veo de refilón, pero hay que mantener a raya a Stendhal. Ya me estoy volviendo una experta, pero hay que saber…

Mentiría si dijese que fui por alguna otra razón que contemplar el retablo. Y, ahora, mentiría si dijese que no me ha sorprendido el resto.

La zona visitable del monasterio es una pequeña parte de todo el recinto, la zona más antigua, la medieval y está muy cuidada, limpia, como recién restaurada. Las sucesivas ampliaciones, el claustro grande y las diferentes edificaciones posteriores no se visitan. Desde uno de los claustros se intuye, tras una puerta de cristales que impide el paso, una zona inhóspita, descuidada, olvidada… en ruinas.

Son transitables los claustros de los Muertos, llamado así por ser enterramiento de los monjes, y el de la Hospedería, espacio semipúblico, ambos con abundante decoración mural, con escenas sagradas, monjes y decoración vegetal y geométrica; el refectorio, donde hay una serie de lienzos sobre la vida de san Isidoro de Sevilla; la Sala Capitular, con la pequeña capilla del Reservado que contiene un retablo de Martínez Montañés que es una delicia; la Sacristía con una interesante tabla de la Virgen de la Antigua; y, por supuesto, las dos iglesias gemelas.

Todo ello es de fábrica gótica y decoraciones mudéjares, y posteriores. Las naves de las iglesias y demás dependencias se cubren con bóvedas de crucería, sostenidas, en su gran mayoría, por ménsulas. Pero los retablos que se conservan son barrocos. Sobresale, y de qué manera, el que trazara Juan Martínez Montañés en 1609 para la iglesia monacal. Dicen que es el más importante de su producción. Yo no sabría concretar, pero sin duda es impresionante, desde la simplicidad y clasicismo de las formas hasta el realismo sereno de los relieves e imágenes exentas. Mención especial merecen los santos Juanes que lo flanquean y los retratos de Guzmán el Bueno y su esposa, orantes, que están enterrados en el presbiterio, las dos únicas obras que se conservan de las tres profanas realizadas por el maestro de Alcalá la Real.

Os podría contar la historia del monasterio, desde que Guzmán el Bueno edificó la primera iglesia, la monacal, en el lugar donde estuvo enterrado san Isidoro, pasando por los sucesivos monjes que lo han habitado, incluso que llegó a ser un foco protestante importante, represaliado por la Inquisición, la exclaustración, y posteriores usos dados, que contribuyeron en mayor o menor medida al deterioro de las instalaciones, pero es mejor, mucho mejor, que lo ven ustedes mismos. El horario de verano es cuanto menos llamativo: de martes a domingo, de 10:00 horas a 14:30 horas, abriendo solamente a las horas en punto, por motivos de seguridad. Yo estuve completamente sola durante mi visita, lo que es una verdadera gozada para alguien que disfruta del Arte en soledad, pero realmente es una pena que tan importante patrimonio esté tan cerca y accesible pero olvidado, semiperdido… En cualquier otro lugar del mundo sería visita obligada para colegios, institutos y, por supuesto, para todas esas personas con inquietudes artísticas o simplemente que quieran conocer de cerca la belleza de la perfección de Montañés.

Y si después de la visita no están deseando volver a visitarlo, enseñárselo a alguien, de comentarlo con sus amigos; si después de la visita no han sentido la necesidad de difundir la joya que hay en Santiponce, es que, y perdonen que les diga, deben estar muertos por dentro.

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