Venezuela desesperada

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Venezuela parte el alma, porque tiene el alma rota. Desesperada. Tan desesperada que graban y retransmiten esa desesperación para que lo creamos; para que escuchemos; para que hagamos algo. Venezuela grita angustiosamente pidiendo ayuda. Veo a una chica chillar que está harta de luchar contra la dictadura, que ya no puede más, no le queda más que llanto y desolación. Llegan vídeos en los que siniestros motoristas recorren las calles aterrorizando literalmente al pueblo, disparando, pegando. Lo que empezó siendo un clamor contra la injusticia y por la democracia hace unos años, ahora se ha convertido en un llanto por la libertad, por la comida, por medicamentos, por las necesidades más básicas, por la vida. Salir a la calle a protestar es un acto de valentía tan tremendo que sólo se puede entender desde el punto de vista del que no tiene nada que perder. Y es que los venezolanos ya no tienen nada que perder. Lo han perdido todo. Mueren dos críos por disparos en la calle. Habían salido a reclamar su futuro. ¿Qué tiene un joven sino futuro? Futuro que ha quedado tendido en el asfalto.

Maduro ríe. Maduro baila. Maduro vocifera. Maduro insulta. Maduro habla con perfecto desprecio a los millones de venezolanos que se juegan la piel en las calles. Me pregunto si Maduro es de este mundo. Sí lo es, sí. Porque en este mundo existen, desgraciadamente, muchos como él. En realidad, Maduro no es nadie. No sabe nada. No sabe hacer política. No tiene preparación alguna. Pero si algo parece claro a estas alturas es que Nicolás no se irá a no ser que lo echen. Para eso se ha cuidado bien de armar a parte de la población para que lo defiendan. Sí, para que lo defiendan. Porque hablar de revolución bolivariana o de cualquier cosa que quiera parecerse a una idea en estos momentos es, sencillamente, mentira. Una mentira grotesca que sólo pueden creer tres locos. Maduro, el líder, prefiere una guerra civil en Venezuela que marcharse. Ése es Nicolás Maduro.

Quizá no todo el mundo entienda el dolor que nos produce Venezuela, nación hermana, hispanoamericana. Fueron miles los españoles que en el siglo pasado se fueron allí, buscaron una vida mejor, enriquecieron el país y se hicieron venezolanos de adopción. Muchos de sus hijos y nietos ahora han tenido que volver a España dejándolo todo, no sólo lo material, sino familiares, amigos, toda una vida, sus raíces. No puedo imaginar los días de pánico y angustia que estarán pasando.

Pero la cercanía de Venezuela, también ha sido aprovechada por los que ahora callan. Por los que, con la excusa de asesorarlos en la maravillosa revolución bolivariana, han sacado pingües beneficios a costa del pueblo venezolano. Estos que ahora más que hablar, parlotean desde un vergonzoso autobús que nos descubre lo que ellos llaman “la trama”. Sí, ellos. Los que se pasean por Madrid señalando e impartiendo justicia desde su indigesta superioridad moral, parando en la puerta de partidos y grandes empresas para señalar y poner en la diana a personas con nombres y apellidos, como si esto fuera el salvaje oeste, ciudad sin ley. Ellos, los que gritan consignas y hacen juicios sumarísimos desde el autobús de la vergüenza, no han tenido una palabra para Paola, asesinada con veinticuatro años; para Carlos José, asesinado con diecisiete años. Ni una palabra para ellos. No les debe ser relevante.

Con todos sus defectos y problemas, agradezco vivir en España, donde los corruptos son juzgados y van a la cárcel una vez probados los delitos,  donde se vota en libertad, donde puedo luchar para cambiar las cosas sin jugarme la vida. Y algo tengo muy claro: no quiero una España gobernada por revolucionarios de tres al cuarto, con los mismos vicios y corruptelas que critican, que sólo traen hambre y división a los pueblos. Esos que quieren destruir la España que conozco,  no los quiero. No permitamos que nos den ni una sola clase de moralidad aquellos que no tienen una palabra para los muertos.

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