Trampas del nacionalismo (II)

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Rechazo frontalmente el nacionalismo del color que fuere, como cualquier persona que haya leído. Se trata de una ideología que se reduce a repetir “Somos el pueblo elegido” hasta que uno se lo cree. Pero me costaría mucho unirme al ejército de periodistas corifeos del Gobierno central que solamente encuentran culpas en los independentistas.

Nada de lo que los nacionalistas han conseguido desde los años ochenta hasta la fecha, colocar contra la pared a nuestro Estado centenario y caminar cada día un pasito más hacia su meta, habría sido posible sin la colaboración cómplice de presidentes del Gobierno de España. González, Aznar, Zapatero, Rajoy… todos han aprovechado el chantaje nacionalista en algún momento porque necesitaban votos en Madrid. He vivido en Barcelona y la mayoría de las personas que encontré allí defendiendo veleidades supremacistas eran gente bienintencionada que creía en lo que defendía. Quienes permitieron que esos catalanes recibieran, y sigan recibiendo, durante décadas una educación casi exclusivamente orientada a que repudiasen a España fueron esas mismas personas. Si estuviéramos en Gran Bretaña o Estados Unidos, hablaríamos sin complejos de políticos traidores. De gente que dejó en la estacada a su país, España, en aras de conseguir beneficios partidistas. Para entender completamente la cuestión, imaginemos a alguien completamente desinteresado: a un extraterrestre que observase todo lo que está pasando en Cataluña. El ser de otro mundo reflexionaría y probablemente nos preguntaría: “¿Cómo creían que iba a resultar la población después de dejar la educación en manos de independentistas durante cuarenta años?”. Los políticos de aquí difícilmente podrían ser más ineptos. Recordemos que, llegado un cierto momento de nuestra historia, a casi todos les pareció que despedazar la Educación en diecisiete educaciones diferentes era lo más conveniente para que todos sacásemos adelante un modelo de país en común. Magnífico. Con la televisión pasó lo mismo: cuando yo vivía en Barcelona allá por 1999, TV3 programaba documentales sobre Franco. Entendí perfectamente por qué lo hacía, pero jamás llegué a comprender cómo nadie protestaba ante aquel anacronismo. Nací en 1965 y Franco no era para mí nada más que historia rancia. Un lunes de septiembre llegué a la conclusión de que aquello no tenía arreglo el día en que el redactor más preparado de la revista que yo dirigía protestó ante mí porque “si descontamos el AVE, el Estado español no ha invertido un céntimo en trenes en Cataluña desde 1913”. Comprobé documentalmente que aquello era un embuste, pero no me molesté en desmentírselo al periodista. El bucle melancólico del nacionalismo consiste en eso: en utilizar los agravios de la historia incluso cuando estos no se han producido. Todos creían aquella patraña en el semanario. El chaparrón permanente de la televisión había lavado sin descanso todos los cerebros, año tras año y década después de década, como la gota milenaria horada la roca de las cuevas.

Cada individuo que ustedes ven tirando de una urna, dificultando la labor de la policía o repitiendo consignas y mantras que parecen grabados en los cerebros de una enorme masa de catalanes… cree en lo que dice. Al menos, la mayoría de los que protestan es bienintencionada. Todos llevan estudiando desde niños que Cataluña fue un reino (en realidad, formaba parte del de Aragón) y que el sitio de Barcelona de 1713-14 no fue un conflicto de sucesión entre reyes españoles, como realmente ocurrió, sino una guerra de separación. Una guerra de secesión que enfrentó a catalanes que querían ser libres con malvados castellanos que los amenazaban. A todos les han fabricado un enemigo muy artificial. Eso no fue baladí: dio lugar a la orientación de la fiesta nacional catalana, la Diada del 11 de Septiembre que celebra una derrota para no olvidarla jamás. Una derrota inventada. El eterno clamor de los agravios a los pueblos supuestamente oprimidos. El perpetuo devenir de los nacionalistas en el que lo único que cambia es el pasado, que se reescribe a placer mientras el presente y el futuro se convierten en una queja contra gentes que no saben que “somos el pueblo elegido”.

Observarán que los políticos supremacistas catalanes siempre avanzan un centímetro más. Nunca pierden el tiempo y casi nunca se equivocan. Son la gota milenaria, en efecto. Pero todos los errores de nuestros politicastros que han conducido a la situación actual son burdos y resultaban previsibles. Casi todos estaban escritos desde hacía mucho tiempo. El Príncipe de Nicolás Maquiavelo, que fue publicado en 1531, contiene esta frase:

“El que tolera el desorden para evitar la guerra tiene primero el desorden y después la guerra”.

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