Siempre amanece

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Es la certeza de un inminente amanecer, la verdadera causante de que la especie humana no se haya extinguido. Motivos siempre hubo para quitarse de en medio en este loco mundo, pero es la esperanza la que nos tiene atrapados a la vida a pesar de todos nuestros pesares. Ésta solo se pierde con la muerte, como ya lo advertía Dante en La Divina Comedia en el cartel de la Puerta del Infierno: ¡Oh vosotros, los que entráis, abandonad toda esperanza!
Mi querida Rosario de Río suele concluir sus abundantes reflexiones con un ‘Siempre Amanece’. En dos palabras define y pregona la esperanza; bien sea la que se escribe con minúscula, o la que en noviembre viste de luto y oro por Pureza, o por San Gil.
Apuntaba Ovidio que ‘La esperanza hace que agite el náufrago sus brazos en medio de las aguas, aún cuando no vea tierra por ningún lado’. Que se lo digan a los sirios que se lanzan al mar huyendo de la barbarie, que se lo digan a los enfermos de ELA que ejercitan, cada día, sus débiles músculos con más tesón que fuerza, que se lo digan a los parados… hay miles de ejemplos, aunque sabemos que ningún mal de muchos consuela cuando nos invade la desesperanza. Su llegada nos paraliza, nos fatiga y sobre todo nos ciega. La noche oscura, tan necesaria para el aprendizaje, se nos antoja perpetua, sin luz en el túnel, que más que túnel nos parece un hoyo profundo, sin salida.
Sin embargo, siempre amanece, el sol alivia tu rostro, reconforta tus huesos, emerge una fuerza interna que hace que sonrías, que te muevas. Amanece cuando crece de nuevo el cabello donde hace poco se caía a manojos, cuando se vuelve a firmar un contrato laboral, cuando el amor llega a ti con más fuerza y verdad que nunca para quedarse para siempre. Amanece en la Puerta del Cielo, que en Sevilla se le llama donde habita la Esperanza. Tiene razón Rosario del Río: Siempre amanece, aquí y en París.

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