La violencia de los católicos

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Las últimas declaraciones del Papa Francisco me han causado un resquemor extraño en mis creencias. Y no sólo en las religiosas, también en las morales; sin alardear de ellas, que aquí somos todos humanos y cuando la moral aprieta… uno revienta. Pero leer sus palabras me provoca una contestación tan profana como natural. Frases como “identificar Islam con violencia no es justo y veraz. En casi todas las religiones hay grupos fundamentalistas. Nosotros también los tenemos”. O esta otra: “todos los días veo violencia en Italia: gente que mata a su novia, a su suegra… Y estos son católicos bautizados. Si hablamos de violencia islámica tenemos que hablar de violencia católica“. Hasta aquí puedo entenderlo perfectamente y le doy media razón. Que aunque dicen que las medias tintas no son buenas, yo creo que sí. Pero olvida una gran diferencia, Santidad. Nuestras leyes. El cristianismo avanzó, buscó nuevas interpretaciones a sus preceptos. María Magdalena ya no es lapidada, Jesús no azotó a los mercaderes y lo entendemos como una simple metáfora (no lo imitamos), nos da igual ya si la Virgen fue virgen o se entregó por amor al hombre de su vida, porque para vírgenes, ya, las de madera… Ante todo nuestras leyes castigan a los terroristas, a los asesinos, a los crueles, los malvados, los atroces. Y da igual si matan en el nombre de Dios, de Alá o de la vecina del quinto. No podría ser católica si mi religión permitiera la ablación de niñas, la lapidación de la infiel, el asesinato del no católico, las decapitaciones… Estoy cansada de escuchar que no todos los islamistas son terroristas, muy cansada; lógico. Pero apoyar y practicar una religión de semejantes preceptos te convierte en cómplice necesario. Cuando tanto nuestros sacerdotes, nuestra iglesia o nosotros mismos cometemos un delito, la ley cae con su peso. Con mayor o menor acierto, pero en contra. El Islam permite cometer delitos tipificados en el resto del mundo. Un mundo que ha firmado la Carta de Los Derechos Humanos. No me importa si hacen el Ramadán, si admiten la poligamia o tienen sus costumbres más ancestrales. Pero un delito es un delito lo mires como lo mires. Son sus leyes, sin diferencia entre lo pagano y lo divino. Llego a pensar que no es una religión, es una Constitución. Un libro, un solo libro. Un sistema normativo con tapaderas religiosas. Desde el siglo VII. La conveniencia del miedo al Dios omnipotente pero inexistente.

Santidad, su cultura debería dejarle ver todo esto. Esa cultura que tiene las puertas cerradas a muchos islamistas. La cultura es la única que quita el miedo. El miedo a que te maten, te corten el clítoris, te apedreen por pensar o incluso por besar. La única que da libertad de elección. Cultura. Luchen para que les llegue a todos ellos. En una serie de televisión escuché algo que me llamó la atención poderosamente: “Para solucionar el problema harían falta 200.000 soldados, 200. 000 médicos de apoyo y 200.000 profesores de primaria”. Profesores…
Si mañana mi religión permitiera cometer atrocidades me daba de baja. Se acabaría mi Macarena y mi Gran Poder. Para vosotros, que ahí no trago. Sólo pensar atravesar la puerta de una iglesia me llenaría de una culpabilidad desmedida.
Olvidó decir que la violencia en los católicos está penada, Francisco I. Olvidó decir que la violencia en el islamismo está premiada.

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