La Sevilla que va por dentro

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Últimamente pongo exceso de atención en los déficits y superávits de esta ciudad y de todas sus cosas. Supongo que será por la cantidad de horas que le dedico a la ciudad en sus meses huérfanos, a las conversaciones en los más ilustres y variados mentideros o a ese eterno y engañoso anhelo de una idealización siempre sumamente sobrevalorada, como son las eternas tardes de verano de Joaquín Romero Murube -aunque yo las viva a diario-.

“Cada vez disfruto más de la Sevilla que va por dentro, de lo íntimo, algo celosamente cuidado hasta el más mínimo detalle.”

Supongo que serán cosas de la edad (joven), que van agravadas por un superávit de prosa tuitera cuasi fatigable, un querer y no poder sacar brillo a cosas de la ciudad que, sinceramente, no lo necesitan, la cantidad de chusma Made in Seville con sus vulgaridades, etcétera. Por eso, entre otras cosas, cada vez disfruto más de la ciudad que está lejos de ser mía y que no se deja insinuar por nadie. Prefiero la ciudad que evoca a lo más profundo y sensible de mi corta memoria, la que remueve las hojas caídas en la Plaza de San Lorenzo, la que me hace visionar cofradías ya de vuelta por las las noches en cada vuelta a casa.

“Cada vez que bajo por la angosta calle Regina y llego a San Juan de la Palma, veo todo el Domingo de Ramos encerrado en el azulejo de la Amargura”

Claro déficit de sencillez, de saber esperar los tiempos y, sobretodo, darle a cada uno su lugar. Sí, como a las personas. Siento a una ciudad cansada de extraordinarias, manoseada por irreverentes despedidas carnavalescas infundadas desde el más fiel catetismo. El alma, pedía a gritos la llegada del invierno con sus ineludibles morriñas de sobremesa. Cambiar las tardes de aire cálido y los atardeceres de nubes de oro, por las mañanitas de cielo gris y olor a tierra húmeda. La calma llega cada vez que bajo por la estrecha calle Regina y llego a San Juan de la Palma, levanto la mirada y veo todo el Domingo de Ramos encerrado en el azulejo de la Amargura.

“Terminé de cerrar las tardes de aire tibio, para descorchar las tardes frescas con noches gélidas donde sólo el abrazo cálido de una persona las hace más llevaderas”

Hay que cerrar las tardes cálidas y estivales (como diría un cursi) para poder disfrutar de la gracia de la tarde fresca y suave. Esas tardes que se dejan abordar tímidamente y que te invitan al paseo sosegado y casi solitario; desde el coqueto callejón del aire, hasta el verde frondoso y murillesco del Paseo de Catalina de Rivera. Pasar de la algarabía peatonal y a veces repelente de la avenida, a la paz y tranquilidad de la Plaza de Doña Elvira, donde sus calles contiguas: Susona, Pimienta, etcétera, se abren contando su propia historia. Hay una Sevilla que está cansada de veladores, fritanga, frikis y guiris y que echa de menos a un sector más solitario, tranquilo y romántico -con uno mismo-. Háganme caso, entren en la pureza de la memoria y disfruten de la ciudad que va por dentro.

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