La crianza del monstruo

0

Durante décadas, la derecha política no ha hecho otra cosa que ceder en el terreno cultural ante la izquierda y los nacionalismos, para centrarse en la política económica. El cálculo vino a ser más o menos el siguiente: dediquémonos a crear riqueza, y la gente votará consecuentemente con la cabeza (o la cartera), no con el corazón.
El 14 de marzo de 2004, en las elecciones inmediatamente posteriores a los atentados de Madrid, se produjo la refutación más aplastante y dolorosa que nadie podría haber imaginado de aquella tesis. Los ciudadanos entregaron el gobierno a Rodríguez Zapatero votando con el corazón, o mejor dicho, con las vísceras. En realidad siempre lo hacen, aunque en determinados momentos históricos sea más perceptible.
La gente no toma sus decisiones electorales con razonamientos fundados en un conocimiento contrastado de los hechos. Para empezar, no suele haber un conocimiento científico de los hechos, sino mediatizado, sesgado, filtrado y a menudo deformado por los medios de comunicación. Y esa mediatización suele estar guiada, de manera más o menos intencionada, por el afán de reforzar una cosmovisión progresista. Los ejemplos son inacabables, y no hay que buscarlos sólo en noticias de contenido explícitamente político.
Días atrás, algún canal de televisión informaba de que un señor iba a ingresar en la cárcel por robar 79 euros con una tarjeta de crédito. El delito había sido cometido hacía unos años, y su autor –nos cuentan– es hoy una persona absolutamente rehabilitada, que sin embargo va a entrar en prisión por culpa de un excesivo rigorismo legal, o así se nos quiere hacer ver. El marco ideológico en el que cobra todo su sentido esta noticia se podría resumir más o menos como sigue: en España no hay verdadera justicia, porque mientras algunos políticos corruptos consiguen eludir la cárcel o son condenados a penas irrisorias, por malversar millones del erario público, a un pobre desgraciado le destrozan la vida por robar una cantidad ridícula.
Gota a gota, este tipo de informaciones no hacen más que reforzar la idea de que la democracia está secuestrada por una oligarquía política y económica, y en este contexto un partido como Podemos no puede más que acabar prosperando. Aunque casi todo el mundo haya sufrido en mayor o menor grado los efectos de la crisis económica, son los medios de comunicación quienes realmente amplifican el descontento, echando gasolina a un fuego emocional con informaciones como esta del pobre que irá a la cárcel por birlar 79 €, y omitiendo el pequeño detalle de que formaba parte de una banda organizada, dedicada a falsificar tarjetas de crédito, la cual robó por este procedimiento muchos miles de euros. Es como cuando cierta gentuza dice que Otegui estuvo en la cárcel por hacer política.
Un régimen informativo similar, con los años, es capaz de acabar con la cordura del pueblo más sensato de la tierra. El populismo en política es una consecuencia directa del populismo periodístico previo, que viene de muy atrás. Y una gran parte de la responsabilidad de este estado de cosas la tiene esa derecha política que creyó, desde los inicios de la transición, que lo importante eran los ministerios de Economía y de Interior, y que todo lo demás (la cultura, la información, la enseñanza) se les podía ceder a los progresistas y nacionalistas para que se entretuvieran. Ahora se dan cuenta de que están rodeados y que incluso pueden acabar perdiendo los últimos reductos del núcleo duro del Estado.
El progresismo es un bloque, aunque parezca difuso y contradictorio en ocasiones. Lo anima su íntima lógica basada en negar la realidad (la familia, la propiedad, la dimensión espiritual del hombre), lo cual le lleva, de manera a veces puramente instintiva, a ser coherente, puesto que aquello que odia lo es. ¡Nada es más coherente que la realidad!
No se puede eludir (o zanjar con alguna frase hecha, como acostumbra a hacer Rajoy) la batalla ideológica en temas como la bioética, la ideología de género, la memoria histórica o las mitologías nacionalistas de catalanes y vascos, y pretender al mismo tiempo mantener la sensatez en el terreno económico. Todo está interconectado, y por eso unos miembros de la plataforma contra las hipotecas jalearon a Otegui en Barcelona. Hay que ser muy panoli para sorprenderse de que el movimiento okupa, la izquierda filoetarra, el ultrafeminismo abortista y el populismo contra los desahucios y los recortes se reconozcan entre sí como partes de un todo, y no darse cuenta de que, efectivamente, son miembros de un monstruo que hemos alimentado durante décadas, y que ha crecido lo suficiente para devorarnos.

Imprimir

Dejar respuesta