Ganan los malos

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Se cumplen veinte años del asesinato de Miguel Ángel Blanco, y exceptuando algunas voces discordantes asistimos al gastado discurso oficial que nos endilgan desde arriba para domesticar a los de abajo. Programas emotivos en medios de comunicación e imágenes y voces rescatadas nos recuerdan el cobarde crimen como si perteneciese a un tiempo extraño, lejano y felizmente superado. «¡Vencimos a los criminales! ¡Ganó la democracia y la libertad! ¡Aunque no quieran reconocerlo, los terroristas fueron derrotados! ¡Celebremos el gran avance que supuso el espíritu de Ermua y acabar con la ETA!…». ¿Espíritu de Ermua y acabar con la ETA? Risum teneatis!
 
Y todos más o menos contentos porque los asesinos dejaron de matar y algunos de ellos hasta cumplen sus penas en prisiones durante unos añitos, salvo que tengan que visitar a sus papás que les añoran mucho, o se pongan enfermos y haya que excarcelarlos para ser homenajeados en sus pueblos por otros tan miserables como ellos. ¿Dejaron de matar? ¡Pero cómo no iban a dejar de matar si se les legitimó el acceso a sus objetivos, sentándoles en cómodos despachos bajo el título de sacratísimos representantes del pueblo! (Memoria histórica: En julio del 2011, el mismo día que se cumplían catorce años del cobarde asesinato de Blanco, ETA lanzaba un comunicado congratulándose de la legalización de Bildu y celebrando que, tras las últimas elecciones municipales, se había demostrado que «Euskal Herría ha ganado la batalla política e ideológica de la ilegalización». Y lo terrible es que no faltaban a la verdad).
 
Hay verdades que duelen demasiado y por eso se pasa junto a ellas de puntillas, o se silencian y se marginan, como peligrosos tabúes que no conviene abordar para no despertar las conciencias. Y en la política española, una de ellas es que la violencia asesina de los etarras durante décadas resultó políticamente rentable para los criminales que la ejercieron, para quienes les apoyaban y cobijaban, y para quienes no coincidiendo con sus métodos, sí lo hacían con sus aspiraciones secesionistas yendo al rebufo de sus presiones y maniobras. Todo ello nos podrá revolver el estómago, pero es la cruda realidad. Y es así por mucho que nos prometieran que se cumpliría la ley y que los asesinos se pudrirían en las cárceles… Porque los que se pudren desde entonces son las víctimas y sus familiares y amigos; todos ellos de naturaleza tan diferente a la de los criminales etarras, que ninguno se tomó la justicia por su mano, confiando en el cumplimiento de aquellas solemnes promesas políticas que también se fueron pudriendo al poco de ser proclamadas. 
 
Pero lo cierto es que veinte años después de todo lo que supuso aquel impacto brutal que recibimos cuando aún disfrutábamos la alegría de la liberación del gran José Antonio Ortega Lara, están ganando los malos. Y ganan, no sólo porque los herederos políticos de aquellos criminales gobiernan de nuevo en Ayuntamientos y se sientan en el Congreso de Diputados donde continúan negándose a condenar los cobardes asesinatos que cometieron los suyos, sino también porque, al calor de las ubres del PP y del PSOE, nos han criado un partido neocomunista con indisimulada vocación de rescatar odios y falsearnos la historia, educando a las nuevas generaciones (a las que ya todo aquello les queda demasiado lejos) en la equidistancia entre asesinos y asesinados. La maldita equidistancia entre víctimas y verdugos que tanto gusta a los siempre cercanos y comprensivos con los criminales. 
 
Que no nos repitan más las consabidas consignas triunfalistas ni nos traten como a menores de edad o débiles mentales. Porque veinte años después de toda aquella movida, ganan los malos, para nuestra vergüenza y humillación. Una movida, por cierto, aquella generada en Ermua, donde los servicios menos transparentes del Estado se apuntaron el gran logro de amansar a una población que comenzó por fin a echarse a la calle para pedir justicia, una población que hubiera dado cuenta de más de un  criminal en más de un pueblo vasco, pero a la que se recondujo «convenientemente» para transformarla en manifestaciones de obedientes corderitos que, con las manitas pintadas de blanco, balaban consignas tan audaces como «ETA escucha, aquí tienes mi nuca». 
   

Veinte años se cumplen de uno de los episodios más tristes de nuestra reciente historia, con el secuestro y muerte de un joven concejal de un humilde pueblo, en el que ETA nos demostró su auténtica naturaleza, que confirmaría un poco más si cabe seis meses después, de una manera aún más dolorosamente directa para los sevillanos con el asesinato de Ascen y Alberto.

 
Veinte años han pasado…, pero si al final los etarras y sus voceros están cada vez más cerca de conseguir sus objetivos; si se sienten más crecidos y seguros; si ya se tienen como interlocutores legítimos; si desgraciadamente -y como todo parece apuntar-, por un mero acuerdo presupuestario, se acabará trasladando a los presos etarras a prisiones más cercanas a sus lugares de origen, para después… sabe Dios… ¿de qué sirvieron todas las muertes y sufrimientos de víctimas y familiares? ¿De qué sirvió la muerte de Miguel Ángel Blanco? Mejor no preguntarlo. 
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2 Comentarios

  1. Muy bueno el artículo Miguel Ángel.
    Y Rajoy apareciendo en los medios hablando del derecho a la vida…igualito que los etarras y sus simpatizantes hablando de justicia y de libertad.

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