Fina piel amarilla

0

Los japos que nos visitan e inundan diariamente nuestras calles más céntricas son propietarios de costumbres inéditas que no dudan en exhibir. A mí, la que más me llama la atención es su obsesión por cuidar la piel de los estragos del sol. Curiosamente, al revés de todos los que nos visitan, que imitan a las iguanas en el día de la patrona y convierten las riberas del Guadalquivir a la altura del Barranco, en el cabo Pedroche de los baños de sol más asilvestrados. Esa porción de río que va desde el Puente Triana hasta los jardines de la trasera de la calle Arjona es el solarium de los Erasmus, que al influjo del sol, practican el asadao criollo, ay que te pillo, ay que te lo recojo, dibujando la citada pradera una hermosa parrilla de solomillos y carnes de falda debidamente tratadas sobre las brasas del amor. Ya les digo. Los japos ven el sol y gritan en su idioma: ¡a Transilvaniaaaa!!!, como vampiros al que queremos obsequiar con una de gambas al ajillo. Pero el resto de la comunidad internacional que nos visita, ven el sol y, bueno, les falta esto para cantarle con la camisa nueva
índiceNo les exagero. Aunque por mi tendencia a pintar cuadros de costumbres pudiera parecerles que hay pinceladas gruesas en este paisaje humano que les adelanto. Pero ustedes mismos los habrán visto por ahí, cuando el sol no es que apriete, sino que jinca como el del castoreño cuando la grada le grita gordo y eso; es entonces cuando los japas suelen atravesar la ciudad absolutamente emboscados en ropas y trajes de camuflajes, como si fueran al Carnaval disfrazados de esquimales, para que ningún rayo del sol pueda manchar su delicada y amarilla piel oriental. Sombrillas, chales, mangas largas, medias, viseras…Ño ni que Sevilla fuera Fukushima y el sol un depósito nuclear con más fugas que el narco ese mexicano, El Chapo Guzmán, capaz de irse, menos de la boca, de cualquier sitio con vigilancia. Como la luz traspasa cristales. Y como los topos anda por los túneles como si fuera su casa. No quiero ser cruel, pero como se lo presenten a Julián Muñoz y le de unas clases, sin profundizar en la materia, tenemos al Cachuli como a Rato, dando lecciones gratuitas por el mundo de lo que debe entenderse que es una actividad preferente…
Ese espíritu de samurai y de geisha que tienen los japos está en la base de su alergia solar. Al parecer, la piel tostada, una epidermis más bronceada que la de Tom Hanks en Naufrago, es un signo despreciable de subordinación social. La gente del campo, los de verdad, no los que viven de vacilarle a Mercadona tres carritos en nombre de la revolución jornalera, suelen ser personas de pieles curtidas. Por lo que un jornalero, aquí y en Japón, suele tener un permanente subidón de melanina, que los hace más oscuros que una banda de jazz. Para huir de semejante estigma, los japos se disfrazan como si fueran un escaparate de oportunidades en meses de rebaja, colocándose más trapos en el cuerpo que Locomía en una actuación del día del orgullo gay. Al verlos siempre pienso en Camacho. ¿Recordáis a Camacho, el entrenador de la selección en el mundial de Corea, sudando por los alerones y dejando por mentiroso al efecto Axe? Pues así me los imagino cuando, tras recorrer Sevilla con el sol jincándote en los costillares más de cuarenta mercurios sin una mala rubia de Cruzcampo que te haga el favor de dejarte helado, llegan al hotel y se miran al espejo. Hasta el amarillo se les ha caído con la sudadera. Y no pillan otra vez el color hasta que no se meten una de cazón en amarillo en cualquiera de las muchas accesorias del paladar que tiene Sanlúcar de Barrameda para salvar al hombre de sus prejuicios raciales…

Imprimir

Dejar respuesta