Etiquétame, por favor

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“El hombre es menos auténtico cuando habla en persona. Dadle una máscara y será sincero” Oscar Wilde.

Las redes sociales son un reflejo de nuestra sociedad. En ellas se esconden personajes que se expresan con menos freno y más prisas, y sin la mesura a la que invita el cara a cara. Y en muchos casos dejando de lado la más mínima educación que se le supone a toda persona de bien.

Anonimato y barra libre de opinión. Qué combinación más atractiva. Como un adicto a las drogas en un laboratorio de crack.

Y hay quien aprovecha y lanza todas sus frustraciones, sus carencias y su mediocridad al ciberespacio. Y ahí queda, como la basura espacial, dando vueltas y chocando contra lo que va encontrando en su camino; el problema es que contra lo que choca suelen ser otras personas,  con vidas reales, sentimientos reales y que sufren los efectos de esa basura en forma de persecución, discriminación o calumnias.

Casi siempre sale gratis difamar, y la masa se esconde tras la manada, y ataca, y ladra, y muerde, señala con el dedo infamante y destruye. Y luego sigue su camino, buscando otras víctimas, otras reputaciones que destruir, otras vidas que marcar.

Quienes se creen inmunes a sus efectos, porque no las utilizan, deberían saber que no están a salvo de sufrir sus efectos; hay en las redes una vida que, aunque parece paralela a la vida real, de vez en cuando converge con ella, y sus efectos son imprevisibles. No hace falta estar en las redes para que las redes hablen de uno.

E igual que se etiqueta a alguien en las fotos, aparecen también las etiquetas sobre las personas, y rápidamente se establecen los bandos. Porque hoy en día todo es blanco o negro, en una especie de radicalización que no entiende de matices.  Y te conviertes para los demás en fascista, o polisexual, o rojazo, o racista, o vegano, independentista, taurino, friki, cebollista…

Y dará igual lo que hagas: tu etiqueta te va a acompañar como tu sombra y será prácticamente imposible deshacerte de ella. Y, para algunos, las etiquetas son incompatibles unas con otras: por lo visto no puedes ser gay y creyente, o taurino y naturalista, o progresista y antiseparatista… Tan así, que alguien se atreve a preguntar a otra persona: “Tú, como hombre viajado y leído, progresista y gay, ¿cómo puedes no estar a favor del procés?”, dando por hecho tantas cosas que resulta ridículo hasta el absurdo.

Creer que alguien es sólo una cosa u otra es simplificar esto que somos, seres tan complejos que no hay dos iguales. Capaces de lo mejor y de lo peor. Y por suerte, eso vale tanto para la vida real como para el ciberespacio. Donde puedes ser muy tú, o limitarte a estar a la sombra de tu máscara. Al fin y al cabo, es sólo la vida.

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