Cuaderno del viajero: Todo, menos un estanque dorado

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estanque dorado

Fíjese bien el lector en la figura lejana, sentada en un banco, al otro lado del pacífico estanque que bordean unos arbolitos.  Porque es todo menos un pacífico estanque.  O lo es hoy, pero en su momento fue lo más contrario posible a ese concepto.  Desgraciadamente, el lector conoce ese lugar, aunque no lo sepa.  Le refrescaremos la memoria.  Recuerde  el reiterado reportaje sobre la Primera Guerra Mundial en una de cuyas escenas se ve la enorme explosión de una mina subterránea que alza un repentino hongo negro desde el suelo.  La explosión  desbarató numerosísimas vidas.  No sirvió para mucho pero movió unos metros la línea de trincheras a favor de los anglofranceses.  El sosegado estanque de la foto es el hueco que dejó justo esa mina que estalla  reiteradamente en blanco y negro en la pantalla.  Está muy rebajado ya por el tiempo, pero aún impresiona.  El viajero dejó a su compañera en el banco, y se colocó al otro lado de la gran cicatriz del terreno para tomar mejor la foto y dar una idea de la magnitud de la catástrofe.  Es el llamado Cerro 60, el “HILL 60”, cerca de Yprés, la ciudad casi arrasada por el conflicto. Los ingleses habían llevado a una brigada de mineros galeses y australianos para hacer mejor el trabajo. Y vaya si lo hicieron.  Por supuesto que también los alemanes hacían sus correspondientes hazañas y levantaban de repente tierra y hombres a fin de adelantar también sus posiciones.

No era la Yihad actual, pero tenía la misma ferocidad y ocupó mucho más tiempo y espacio.  Acabó con cuatro imperios, el ruso, el alemán, el austrohúngaro y el otomano, pero no solucionó nada. Al contrario, una paz cicatera con bestiales condiciones de humillación para los vencidos propició un conflicto asombrosamente mayor veinte años más tarde.

El cráter del “HILL 60” y la zona aledaña es hoy considerado cementerio, por tantos hombres desbaratados por la explosión que yacen allí hechos tierra y recuerdo.  No lejos del gran embudo aún se anda entre el zigzag de trincheras que el siglo transcurrido ha  rebajado también en sus perfiles. La hierba, los árboles y los arbustos han dado por su parte un mínimo aire bucólico a lo que fue un paisaje requemado y estéril.

Nadie pensó en 1914 que el conflicto iba a ser tan largo y tan brutal.  Nunca se piensa, al principio, que un poco de violencia va a engendrar tanta violencia.  Pero una vez comenzada, no se para cuando se desea. España, sin ir más lejos, ha sido más de una vez un ejemplo de ello.  Pero no aprendemos, y se escuchan frívolas burradas: “Arderéis como en el trenta y seis”,  a lo que podría responderse “Y os daremos en el bebe, como en el treinta y nueve”, por poner otro estúpido ejemplo.

Y el viajero da la vuelta completa al cráter que se llevó por delante a tantos seres que poco antes del conflicto, seguro, laboraban, reían y sufrían, sin pensar que la bondad humana es mucho más frágil de lo que parece, que tras ella late lo peor de lo peor, y que la barbarie anda ahí, agazapada en el corazón del hombre, aguardando a que las inconscientes llamadas a la violencia, al odio, la despierten y comience otra vez su siniestra andadura.

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