Chaperos del bolígrafo

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En casa comprábamos diariamente la prensa, alternábamos El País, La Vanguardia, Avui, El Periódico y algún otro. No notábamos la diferencia, todos dicen exactamente lo mismo, el porqué de esta misteriosa unanimidad de criterios políticos hay que buscarla en el ámbito de la geometría.
Procuraré explicarme, dependiendo de los grados del ángulo con que fruncía el ceño el “muy andorrable” Jordi Pujol, había, o no, subvención para el periódico y de eso dependía la plantilla, el papel, la tinta y con toda probabilidad, el apartamento de la íntim@ del director, esta última partida contable seguramente tenía un gran peso específico en la negociación.
Cambiábamos de diario con la caritativa intención de no poner a parir todos los días al mismo chorizo que escribía el editorial y así repartir más equitativamente los juramentos en arameo, podíamos variar sin problemas porque aquí hay sinvergüenzas para aburrir.
Un día que aún recuerdo como si fuera hoy, domingo gris y lluvioso de finales de otoño, el quiosquero entregó a “mi contrario” el suplemento dominical acompañado de un abultado paquete, preocupada en no meter los botines nuevos en ningún charco no me fijé demasiado, pero al llegar a casa descubrimos que en la bolsa había un montón de cajas de colorines de esas que todas llamamos tapers… aunque los ingleses se empeñen en escribirlo mal.
A partir de ese día no volvimos a comprar el periódico, ya no nos hacía falta, había perdido su utilidad fundamental que era la de servir de envoltorio exterior a los bocadillos de nuestras hijas. Sus meriendas había tenido tradicionalmente, además de mucho amor, una capa de papel Albal y por lo menos dos páginas de El Pais.
El taper es más limpio y cómodo que el papel de periódico y al mismo tiempo evita que las niñas se te vuelvan tontas con lavados de cerebro.
Me gusta pensar que esa humilde fiambrera nos ha igualado a todas, lo mismo veo a Elena Valenciano llevando el suyo, de tapa roja, llenito de cocretas al Parlamento Europeo, que a Doña Marta Ferrusola de Pujol camino de Suiza con uno en el regazo, naturalmente de opaco plástico negro, rebosante de billetes de 500.
Llevándolo encima a todas horas y color verde esperanza es el adecuado para la esposa de Artur Mas cuando lo acompaña de mochilera, de los de tamaño grande, cariñosamente ordenado con los ansiolíticos primero y a continuación los antidepresivos, antipsicóticos y las pastillitas para el infarto. Sin embargo, a Ana Mato no me la imagino con un taper, porque si no vio en su garage un cochazo del tamaño de dos pianos de cola, un chisme de estos no podría encontrarlo aunque en la tapadera se celebrara un concierto de AC/DC
Hasta yo me he hecho habitual del taper, uno chiquitín con tapa azul, en el que me caben unas galletitas riquísimas que me han jurado no engordan nada y que aprovecho para devorar en la oficina mientras le echo un vistazo a las noticias en Internet a la hora del café.
No sé quién inventó el taper, le agradezco haberme apañado el envoltorio de los desayunos, pero mucho más el librarme de tanto mangante y chapero del bolígrafo.
Y asi estamos…

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