Amanecer

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Me agarré a su mano con tal fuerza que me dolieron los mismos nudillos del alma. Era incapaz de soltarme. Toda la vida me perseguía en orden inverso a lo que mi calendario pensaba. Era mi momento y no sabía cómo deshacerme de los miedos que me impedían vivir con la sola fuerza de un aliento. Con la necesidad de sentirme solo entre sus dedos. Y ella me miró. Y puso entre mis dueños la mas preciosa mirada que pudieran inventar los alquimistas conversos. Estaba mas sola que yo pero nunca pudieran parir los siglos una soledad tan bien compartida.
Lanzó un hilo de ternura al aire que la brisa de la noche convirtió en nido para desesperados. Una cesta colmada de cariño. Un refugio para los duendes que solo soñamos con vivir. Solo vivir. Solo eso…
Fuimos armando la mañana. De a uno. Con la marca de un punzón entrecortado que señalaba las lanzas pétreas de aquél calor que amanecía. Su silueta trenzada en piel al alcance de mis ojos. Mis sueños volando en círculos sobre sus puros sentimientos. Y mi futuro vistiendo su despertar para convertirlo en fiesta. Para jugar a los tiempos que navegan entre las lindes de su pecho y mi locura.
Abrí las puertas del purgatorio y entraron. Uno a uno fueron desfilando todos lo antiguos habitantes de nuestra memoria. Los que si y los que no. Aquellos que permanecen y quienes se perdieron entre las nubes que cubrieron tantos tiempos. Vi caer, al borde de su abismo, esa primera mano que rozó mi cuerpo. Y su rizada melena de oro torneada derramando perfume infantil en las suaves tardes adolescentes de mi calle. La primera decepción entrecortada de sorpresas. ¿Qué fue de nosotros? ¿Qué fuimos de nosotros? ¿Cuántos kilómetros hay que recorrer para llegar al principio? Y se me olvidó preguntarle al viento dónde duermen los silencios. Y callé mi boca con el filo de sus besos. Armas perfectas que disimulan los riesgos y hacen a nuestras palabras deudoras de sus lamentos.
Ahora pienso que tal vez debimos robarle al invierno una lágrima de su frío perverso, convertirla en perla de rocío y hacer de nuestro presente su camino hacia el horizonte que guarda la sombra de nuestros encuentros.
Y aún la recuerdo…

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