Almohadillas para los toros y la Cruz Roja: Solidaridad versus apariencia

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Imagino que a muchos no gustará este artículo, pero si tuviésemos que escribir sólo lo que gusta a todos, pocas páginas de negro sobre blanco existirían en los medios de comunicación.

He de confesar que desde que empezó la moda de llevar almohadillas propias a los toros, sentí un rechazo hacia ese “uso” que tan en boga se ha puesto, sobre todo por la insolidaridad que ello suponía, escatimar un euro y medio a tan benemérita institución como es La Cruz Roja. Pensé que, debido a ello, esta sería una moda pasajera, exportada, que decaería, pero me equivoqué, ha ido creciendo cada año, lo que no deja de ser materia de un estudio sociológico sobre el aparentar.

Desde muy joven, mi abuelo me llevaba muchas veces a los toros – no sufro ningún trauma psicológico por ello-, y siempre recogía las almohadillas de la Cruz Roja; si había que esperar algunos minutos, eso no era nada para la extraordinaria labor que la reconocida institución llevaba a término desde hacía décadas; por ello, dejaba un mayor donativo que el leve coste de ese servicio. No hay duda de que a todos nos gustaría tener cerca a este cuerpo cuando nos hiciera falta.

Hoy pasé por la calle Adriano tras almorzar en Triana; eran legión las personas que, con sus mejores galas, se dirigían a disfrutar de la primera corrida de temporada. Ni en el mismísimo Domingo de Ramos -costumbre que se está perdiendo, por desgracia- vi a gente tan arreglada, señoras enjoyadas y maridos con rayas de los pantalones casi cortantes y los zapatos brillantes como espejos; así debe de ser, ir siempre bien arreglado a los toros. Pero en muchos de ellos desentonaban esas almohadillas que, para mí, dista del antiguo señorío de quien iba a los toros, ocupando sólo su brazo para recibir ente ello la mano de una dama o portar un aromático habano.

Dentro de quienes van con almohadilla propia, podemos distinguir tres tipos: los que lo hacen con plena ostentación, llevándolas por sus asas completamente descubiertas, los que las llevan en una bolsa -no quiero, pero sí- que deja ver sólo un buen trozo de la almohadilla rayada con vivos colores, y los que las portan en bolsas más o menos transparentes. Conozco a algunos de ellos que, quitando esas bolsas, son incapaces de ayudar a su esposa cogiendo las de la compra, si es que las acompañan.

Desde la antigüedad, Sevilla ha sido una ciudad donde siempre se ha querido aparentar más de lo que se es, no es nada nuevo, ya sucedía con los mercaderes enriquecidos con la carrera a Indias, que compraban los títulos y prebendas que por su sangre no les correspondía. Querían dejar patente el estatus que habían alcanzado, pero quien realmente era alguien en la ciudad no necesitaba demostrar nada a nadie.

Hoy seguimos con los mismos deseos de aparentar en los más diversos ámbitos de la ciudad: clubes, instituciones o asociaciones de cualquier índole con cierto peso, hermandades, Feria, etc.

Esta moda en los toros que, insisto, en mi opinión tiene más de apariencia que de comodidad, encierra en sí cierta impostura del señorío del sevillano, pues un caballero de los antiguos no hubiera ido nunca a los toros con una bolsa.

Podemos usar unos parámetros comparables que apoyarán contundentemente este argumento.

La Real Maestranzas tiene una aforo de 11.000 mil localidades, asientos duros de mampostería, a veces fríos cuando llueve, a veces ardientes por un sol impenitente, y que se mitigan con esas almohadillas, no así la estrechez de quien tiene delante o detrás a una persona de tamaño o de gran talla de zapatos. Pero una corrida de toros muy raramente llega a las tres horas. Las obras taurinas consultadas nos dicen que la  duración de una corrida oscila, en término medio, entre hora y media y algo más de dos, en pocas ocasiones pasa de las tres horas.

Me han informado que hay unas 3.000 almohadillas en la Real Maestranza y que muy raramente se agotan, quizás una vez al año o cuando ha llovido; por lo general, siempre sobran.

Cuando comenzó la corrida de toros de este domingo, hacía muy pocas horas que se había recogido la última cofradía de nuestra Semana Santa. En la Carrera Oficial se colocan 34.200 sillas que, durante ocho jornadas seguidas, dan acomodo a  273.600 personas, generalmente abonados. Las sillas de tijera son realmente duras e incómodas; en la mayoría de las zonas apenas se puede mover uno por la hilera delantera. Las de enea de la Campana, cuando ha llovido, son difíciles de secar. Con las 1.140 sillas de los palcos sucede lo mismos, rodillas que chocan, piernas que hay que entremeter entre otras, y así en unas jornadas que rondan entre seis y media a siete horas, a veces hasta ocho sin poderse casi mover.

Pues bien, no recuerdo haber visto este año, pleno por la salida de todas las hermandades, a personas que llevasen de sus casas almohadillas para hacer más cómoda esas largas jornadas; sin duda, alguna las llevarán por necesidad física, pero nada comparable a lo que vemos en los alrededores de la Maestranza, y siempre sin hacer ostentación de ese cojín que puede paliar la incomodidad de personas de edad o enfermas; aunque yo no he visto ninguna.

Piensen, comparen y analicen este fenómeno. Si se alega que es más rápido llevar una de casa que esperar unos minutos a las de la Cruz Roja, también es más incomodo cargar con ella y menos solidario. Qué son más cómodas las que usted trae, pues adquiera dos y así contribuirá en mayor medida a una meritoria labor social.

No creo que las posaderas de cientos de sevillanos, que han aguantado las ocho largas jornadas de carrera oficial en duras sillas de palo, sufran una mutación que les causen un profundo dolor en las mimas en pocas horas; pero los ves con sus bolsitas en la mano, teniendo una solución más cómoda en la propia plaza, una solución más solidaria.

Quizás esté yo equivocado; si tienen la respuesta exacta a la explicación de esta mudanza de pocas horas, les ruego me la hagan saber.

¡Las apariencias! No sé por qué, pero cuando contemplo esto recuerdo una escena de My Fair Lady. El profesor de fonética Henry Higgins, interpretado por Rex Harrison, dijo a su amigo el coronel Hugh Pickerin, también experto fonetista, que en un breve plazo de tiempo podría presentar a la florista callejera Eliza Doolittle, Audrey Hepburn, -con una terrible dicción- ante la propia reina de Inglaterra, con una pronunciación tan perfecta que le haría pasar por un gran dama.

La pobre florista, que apenas ganaba unos chelines, se presentó en casa del profesor para que la convirtiese en esa gran dama. Cuando la criada de Higgins la ve en la puerta, se queda desconcertada y anuncia al profesor aquella extraña visita, él le ordena que la llevase a su presencia; pero antes de entrar la florista preguntó a la sirvienta: “¿Ladicho al profesor que yo ha venío en coche?”; ella también quería aparentar cierta posición con un uso exterior que pocos podían pagarse, el coche de punto.

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2 Comentarios

  1. Tenemos que reconocer que en la visita a la plaza hay mucha pose. El sombrero, durante años solo he visto sombreros en las plazas de toros, el habano, y una elegancia que se contradice con los tendidos de sol, y ahora, por su puesto, la almohadilla.
    Nuevos señoritos, caballeros antiguos… Creo que no va por ahí la cosa pero es una opinión igual de valida que la de cualquiera.

  2. En un mundo cada vez más igualitario, la distinción puede estar en llevar una almohadilla de loneta campera bajo el brazo. Algún rancio sevillano de 2073 enseñará con orgullo a las visitas la almohadilla que su abuelo llevaba a los toros antes de que el primer gobierno de Podemos suprimiera la fiesta por decreto a las 24 horas de tomar posesión.

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