Ojana in excelsis: Pepe, el finado

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Imagino que ya sabrán de quién hablo. Estoy seguro que todos conocen el motivo por el que uso la palabra “finado” en el título. Así es. A Pepe no le gustaba, nada de nada, que le conocieran por ese sobrenombre pero lo cierto es que, Sevilla entera lo conoce por ‘El Muerto’.

En la calle Boteros, en una esquina, se ha encontrado durante infinidad de años el establecimiento de uno de los grandes hosteleros de esta ciudad. La fauna que paraba allí era peculiar, al igual que su carta de bebidas espirituosas. Olvídese de pedir un mojito o un caipirinha. Allí se servían sólo bebidas de “caballeros”, como el decía.

Para ganarte el respeto, y la rebaja, de Pepe sólo tenías que hablar de lo bien que torea Morante de la Puebla, aunque no lo hayas visto nunca cortar un apéndice. A Morante y a los morantistas los trataremos otro día pero hoy nos centramos en nuestro amigo el finado.

Desde que te jubilaste, los casos de mononucleosis se han multiplicado por diez y todo por la simple razón de cómo limpiabas los Duralex. Un flete en el agua del grifo era suficiente para limpiar el ADN del mellado que estaba en la barra apoyando la lengua en el vaso y con un ducados entre los dedos. La juventud de hoy en día no está inmunizada. Vaya usted a Pepe y seguro que no coge la enfermedad del beso en la vida.

Nuestro querido tabernero era seco en el trato. La patada al olivo la daba por obligación, no por agradar. En el plato había siempre 9 aceitunas naranjas. No sé qué tenía más años, si las olivas o el ventilador.

A las once abría y a la una y cuarto ya estaba echando la persiana. Si te pillaba dentro, la fiesta continuaba hasta que Pepe sacaba la escoba y te barría los pies. Literal.

Allí te encontrabas desde el pijo de Los Remedios que iba a Pepe porque con 20 euros te volvías como Masiel, hasta el perroflauta del Pumarejo que se fumaba las colillas empanadas en albero.

Así era el establecimiento de la calle Boteros. Un lugar singular. Al igual que las cuentas que hacía. Las copas oscilaban los 2,50 euros, precio amigo, a los cuatro euros. El que escribe ha pagado cuentas de 14,20 euros. Todavía sigo preguntándome de dónde salían esos veinte céntimos.

Pepe se nos fue. Pepe ya no está. Pero no estaba muerto. Tampoco de parranda. Simplemente, se jubiló.

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