Maceteros

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Un domingo cualquiera, el centro de la ciudad es un lugar por el que pasear reparando en aquellas pequeñas cosas que, por las prisas de esta vida cada vez vivida a más revoluciones por minuto, nos pasan desapercibidas los días laborables. Recorro San Fernando, bajo la atenta mirada del Ángel de la Fama que desde lo alto del hoy Rectorado está a punto de soplar en su trompeta para despertarnos de nuevo y decirnos que una nueva semana está a punto de empezar. Nuevo lunes, nueva oportunidad para que todo arranque de nuevo.

Pero es entonces cuando el paseo te deja ver un verdor insólito. Los maceteros metálicos custodian los pasillos laterales de la calle convirtiendo en galerías verdes la zona de los transeúntes. Otros sirven de guardianes de las murallas del Alcázar a los pies de la Inmaculada que corona la Plaza del Triunfo. Esos maceteros, tan inocentes y hasta necesarios en las actuales plazas duras que trae la era del urbanismo a golpe de granito, tienen sin embargo una presencia inquietante.

Es difícil olvidar su razón de ser, más bien su razón de estar. Aparecieron de manera obligatoria, tras aquella tarde del horror en las ramblas barcelonesas. La visión de los maceteros nos recuerda la triste posibilidad de que, si no se colocan, un día pueda Sevilla ver una furgoneta llevarse por delante a familias enteras a la sombra de los naranjos. Los maceteros tienen ese recuerdo agridulce de que por mucho que digamos, por mucha fuerza que pongamos en decirnos que los que siembran el terror no ganarán, que no cambiarán nuestras ciudades ni nuestra forma de vivir, al final hay decisiones que hay que tomar. No es la rendición al miedo, es la prevención que acarrea la responsabilidad.

Muchos momentos han transformado la ciudad, aunque creyéramos que aquellos momentos eran solo una anécdota, que no podíamos cambiar la razón de ser de algo por un caso, en apariencia, aislado. Sucedió con la baranda de la zapata de Triana cuando una turista se precipitó desde la calle Betis. Sucedió con las rejas del cuerpo de campanas de la Giralda hace mucho más tiempo, cuando se colocaron las rejas que protegen a los visitantes. Pasó hace siglos cuando se hizo necesario crear un foso en torno a la entonces Fábrica de Tabacos para proteger la mercancía de la pillería local. Y aún así, la seguridad y las medidas nunca son del todo efectivas. Como demuestra el suicida que se tiró de la Giralda hace solo unos meses o la facilidad para evitar las rejas en Betis si te sientas en el respaldo del banco de piedra. Pocas cosas son infalibles, pero eso no implica que se deba desistir en tomar medidas para evitar males mayores. Hay que intentarlo.

Este domingo paseando por San Fernando y por la Avenida de la Constitución, se me hizo raro ver aquellos maceteros. Pero quise ver el lado positivo, nadie puede culparme de eso. Es la única manera de seguir viviendo, de seguir paseando sin el escalofrío de las Ramblas recorriéndote la columna, sin tener que mirar atrás o ponerte en alerta cuando escuchas un motor en una calle peatonal. Por eso miré a los maceteros y vi unas calles más verdes, quizá un poco más frescas, en la que el granito ya no era el emperador de la vía, sino compartía su reinado con las plantas: los naranjos ya no estaban solos. Igual que el deterioro de la piedra de la Catedral hizo necesaria la peatonalización de la Avenida si no queríamos ver la Magna Hispalense caerse a pedazos, aquí los maceteros son necesarios para evitar los intentos de la barbarie. Y puede que lo que se planteó como algo necesario para evitar un mal mayor, al final revierta en algo positivo. Los maceteros dibujaban ayer en la Avenida una hilera de verdor, y parecía más un jardín que una explanada. El terror ha hecho que Sevilla sea más Sevilla, más verde y más alegre, más aquel jardín con el que soñaron los reyes en el Alcázar. Y esa es la paradoja: que lo que podría verse como la rendición al imperio del terror ha resultado ser una reafirmación de la identidad de la ciudad y una muestra de la derrota de los que prefieren la sangre a la palabra.

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