Gentrificar (o no)

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Últimamente se multiplican en las redes sociales las condenas inapelables y desaforadas a la gentrificación, es decir, a ese proceso según el cual se sustituye —especulación inmobiliaria mediante— la población de un barrio degradado por otra con mayor poder adquisitivo. Internet es a la política lo que la darknet a la web convencional: un no-lugar virtual donde circulan lo prohibido, lo putrefacto, lo insoportable. En 1845, Eugène Sue escribió Los misterios de París abusando de la potente metáfora visual de la inversión: la ciudad vuelta del revés, con las cloacas y la podredumbre al aire. Las redes sociales son, en este sentido, como las cloacas de Sevilla: la ciudad vuelta del revés que exhibe sus miserias materiales y espirituales.

Gentrificar barrios de Sevilla los vuelve habitables y glamourosos, ciertamente; es lo que se ve a simple vista. Vuelta del revés, sin embargo, la gentrificación expulsa a los indígenas al remoto extrarradio, a la nada urbanística o a la dependencia vitalicia de los presupuestos municipales. En el mejor de los casos, se construyen infrabarrios con paraviviendas en cualquier sitio apartado del centro, como se hacía en tiempos de Franco en caso de gran catástrofe natural. En el peor, se abandona a los damnificados a su suerte.

Ahora bien, la gentrificación produce sobre sus beneficiarios un efecto amnésico muy curioso. El que gentrificó en su momento se olvida de su condición de okupa fashion y adopta la identidad del indígena. La Alameda de Hércules, por ejemplo, fue estupendamente gentrificada por Monteseirín (probablemente es su obra maestra como alcalde). Sus nuevos habitantes han reinventado una ciudad en clave post-retro (los niños juegan a la pelota en la calle mientras sus padres cervecean en las terrazas); ahora ven amenazado su estilo de vida por la turistización galopante del centro. Y es que el turista posmoderno es un gentrificador implacable y global: se mueve todo el año por todas partes, Sevilla incluida. No quiere visitar gregariamente la ciudad a la que llega lowcostianamente —ya la conoce— sino disfrutarla camuflado entre nativos. No quiere hoteles, sino apartamentos con cocina en los que pueda ensayar in situ su habilidad para hacer tortilla de patatas auténtica. Cada apartamento turístico es un gentrificazo contra los gentrificadores originarios. Vaya palo. Debe ser un trago muy amargo para cualquiera comprobar que donde las dan, las toman.

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