‘Oenegés’

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Qué incómodo y qué suplicio se hace pasear por las calles del centro de Sevilla teniendo que sortear a estas personas.

Las reconoces rápidamente: algunas llevan un peto de colorines para hacer más evidente su presencia. Siempre van con su mochilita en plan colegial-estudiante. También llevan un carné colgado del cuello a modo de acreditación que les permite ser cansinos.

Tienen muchas similitudes con la benemérita: suelen ir de dos en dos y cuando los ves a lo lejos se te abren las carnes, al igual que cuando ves un control de la Guardia Civil y te has tomado un par de cervezas y no sabes si estás rozando el aprobado o el suspenso.

Una vez que tú los ves y ellos te ven, comienza la danza. Vuestros ojos se fijan. Uno de ellos pone la directa hacia a ti, o si es un profesional de la materia, se queda en una posición como si te estuviese esperando desde hace 10 minutos. En ese momento, para intentar esquivarlo, sacas el móvil y empiezas a navegar por todas las aplicaciones, buscando la app Invisible para intentar que no te vea. No hay nada que hacer.

¡Al abordaje! Piensa nuestro joven amigo. –Tierra trágame- piensas tú.

Hay muchas formas de comenzar la conversación. Aunque parezca curioso, por norma general, el que la empieza es el que quiere huir. –Lo siento, tengo prisa- Intento socorrido de salir del paso. –No te preocupes, te acompaño-. Uffffff. En ese momento ¿Qué decir?

Ellos te cuentan su retahíla de cosas buenas que hacen y qué altruista somos. Obviamente, esas personas están en la calle captando ‘socios’ porque por cada uno que captan, nuestros amigos se llevan una comisión.

Los más novatos no insisten y te dejan tranquilos. Los más duchos en la materia consiguen hasta que te quites los cascos para hablar con ellos.

Recuerdo que un día, iba yo con un amigo hablando de nuestras cosas y se nos acercó una chica para vendernos una agenda a favor de una ONG. Mi amigo iba fumando y la chica nos fue acompañando toda la calle Rioja contándonos cómo salvaríamos el mundo gracias a comprar esa agenda. Le insistimos por activa y por pasiva que no llevábamos un euro en el bolsillo. Ella insistía. Mi amigo, harto ya de todo, tomó la peor decisión de todas: encenderse un cigarro. En ese momento, la criaturita nos espetó “para tabaco sí hay dinero, eh”. No voy a transcribir lo que mi amigo le dijo pero creo se lo pueden imaginar.

El Ayuntamiento ha colocado bolardos y macetones para favorecer la seguridad. Si pusieran a uno de estos cada diez metros, la seguridad sería máxima, pues nadie pasearía por la calle.

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