Sobre ‘el problema’ catalán

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No descarten que los nacionalistas catalanes al final se acaben saliendo con la suya y logren la independencia, aunque no del modo que tenían previsto. Porque al paso que van las cosas, no es que se vayan a ir, es que los vamos a echar. Desde luego eso es lo que merecería el estrambótico ‘procés’ puesto en marcha por unos gobernantes manchados por la corrupción y que ha acabado liderando un tipo con pinta de clic Famobil; el grumete del barco pirata, para ser precisos.

El halo de astracanada que rodea el invento hace que ni siquiera pueda ser llamado ópera bufa. El actor Antonio Banderas dijo ayer que le parecía propio de una película de Berlanga. En mi opinión, fue demasiado generoso. La escena de los alcaldes manifestándose bastón en mano como si fueran la Charanga del Tío Honorio resulta más propia de Ozores. Y es que, además de todo lo demás, está el ridículo internacional que esta gente nos está haciendo pasar.

Hay, es cierto, causas objetivas para justificar el hartazgo que la inmensa mayoría de la población española empieza a demostrar por lo que está ocurriendo en Cataluña. La gente está con razón soliviantada por todo lo que está poniendo en riesgo el conflicto desatado en aquella comunidad autónoma: la estabilidad del país, la economía, el modo de vida, la historia, los sentimientos…. Muchas cosas.

Se habla del llamado ‘problema catalán’ y el personal se pregunta: ¿problema? ¿Qué problema? ¿Es que las demás autonomías no tenemos problemas? Bueno -dicen- también está el asunto de la identidad, que es importante. ¿Es que los demás tampoco la tenemos? ¿Andalucía no tiene identidad? ¿Castilla o Extremadura tampoco tienen identidad? Por poner un ejemplo extremo: León tiene más historia que Cataluña, a ver si nos enteramos.

Acabamos de salir –si es que hemos salido- de la peor crisis que han sufrido las actuales generaciones y, de repente, todo se vuelve a torcer por culpa de unos señores que alegan una cuestión sentimental. Porque no puede existir otra causa. Si echamos un vistazo a la historia de los dos últimos siglos, comprobaremos que a Cataluña no le ha ido en absoluto mal formando parte de España (cosa que lleva haciendo desde la unión de Castilla y Aragón), pues ha sido sistemáticamente privilegiada por todos los gobiernos, desde Fernando VII a los actuales, pasando por el denostado Francisco Franco Bahamonde, que sería todo lo represor que ellos quieran, pero que les llenó aquello de fábricas y también de emigrantes andaluces. Que encima tengan la desfachatez de decir ‘España nos roba’ es para… bueno, para eso que ustedes se imaginan. La irritación alcanza ya niveles límite ante el desahogo chulesco de afirmaciones tales como que a pesar de ser independientes conservarán la nacionalidad española para seguir siendo ciudadanos de la UE o que el Estado Español deberá pagar las pensiones a los jubilados catalanes.

Los acontecimientos de estos días no han venido sino a redoblar la indignación de muchos ciudadanos que verían con agrado la construcción de un muro en la orilla del Ebro. Sin embargo, esa gente que desafía la Ley, falta el respeto a la Democracia o destroza impunemente coches de la Guardia Civil no puede salirse con la suya. La solución no es fácil, desde luego. Hay que negociar, ciertamente. Pero no con los que llevamos cuarenta años negociando, cuya deslealtad está bien acreditada. Cualquier acuerdo, básicamente económico, que se pueda alcanzar con ellos no servirá sino para aplazar el problema. Por eso una vez más se equivocan el PP y el PSOE en su estrategia. Con quienes hay que negociar es con los catalanes que no están por la independencia, que son tantos como los otros. Tenemos, tienen nuestros gobernantes, que ayudarlos porque ellos son los únicos que nos ayudarán a acabar de una vez por todas con este problema. Si es que a estas alturas tiene arreglo.

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