El palacio Arzobispal muestra sus joyas más desconocidas

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La sede del palacio Arzobispal de Sevilla era un lugar misterioso o burocrático, no había termino medio. Uno veía con una curiosidad bien entendida esas ventanas y balcones del palacio arzobispal imaginando cuantas dependencias, salones y joyas albergaba uno de los lugares más importantes de la historia de Sevilla donde se ha organizado la fe, la cultura y la sociedad de esta ciudad durante siglos.

Hoy, las salas a las que podías acceder eran salas de trabajo, burocracia, oficinas, juzgados… Lugares del trabajo tan bien necesario y desconocido a la vez de toda la organización de una iglesia viva y fértil en Sevilla. Cuando accedías, no podía dejar de reparar en la gran fachada barroca, sus patios manieristas, los colores albero y sangre del edificio como tantos otros en Sevilla o la elegante escalera de acceso, pero poco más. De reojo mirabas rendijas y puertas esperando encontrar las joyas artísticas que sabías que en él se guardaban y que celosamente han permanecido más ocultas de lo necesario hasta ahora.

Pero el arte religioso, no es solo arte, la iglesia lleva milenios poniendo la belleza del arte al servicio de la evangelización, de la catequesis, de ayudar a la comprensión y a la experiencia de fe. La misma casa del Arzobispo, pastor principal, y de toda la Archidiócesis no podía estar por más tiempo negando la fuerza evangelizadora del arte a través de la segunda pinacoteca más importante de la ciudad, tras el museo de Bellas Artes.

El palacio y sus salas más nobles junto a sus obras pictóricas se abren a la ciudad y a sus visitantes, por iniciativa de Juan José Asenjo, dos sábados al mes al precio de 6 Euros y un turno gratuito, sus reservas se realizan a traves de su página web, (RESERVA DE ENTRADAS). Ya están agotadas hasta Enero.

A nosotros nos sirve de guía Don Antonio Rodríguez Babío, párroco de la Ascensión en el barrio de Sevilla Este y recientemente nombrado como nuevo Delegado Diocesano de Patrimonio tras sus estudios en Roma.

Accediendo por la escalera principal tras cruzar el primero de sus patios ya podemos observar las pinturas murales de Juan Espinal, una de las principales figuras del rococó español del Siglo XVIII y que dejó muchas de sus obras en el Palacio.

Visitamos el salón del trono, un lugar que emite la grandeza de la Sede, el símbolo que ocupa el Arzobispo, sus paredes hablan de la historia no solo de la fe en Sevilla sino de la propia cultura, con San Isidoro y San Leandro los obispos que aún ennoblecen por la importancia de su legado, el escudo de Sevilla. En el centro la Sede, el asiento sobre el que recae la Iglesia de Sevilla junto al báculo, símbolo de pastores.

 

 

La cabecera del salón la preside Don Juan José Asenjo Pelegrina, actual Arzobispo. Enfrentado a los pies del mismo salón, sus dos inmediatos antecesores, Don Carlos Amigo y Don José María Bueno Monreal. Una especie de recordatorio simbólico de la continuidad del pastoreo de los fieles de Sevilla.

La visita del oratorio es impresionante, las yeserias del techo de Pedro de Borja, mismo autor y estilo que las de la Iglesia de Santa María la blanca o los lienzos de escuela italiana que adornan sus paredes dan al espacio un carácter muy singular.

 

Singular también el paso por la galería de los obispos de Sevilla, techos decorados con los lienzos de todos los obispos de la ciudad desde el Infante Felipe hijo de San Fernando hasta el Cardenal Segura, pues los siguientes están en el salón del trono. Es un recorrido a su vez por la historia de la pintura en Sevilla visto en los grandes referentes de cada época, aún se guarda sitio en las paredes para dos, tardará en rellenarse.

Juan de Espinal y Matias de Arteaga nos dan paso por el antecomedor a la joya del palacio, el Salón principal que diseñase Vermondo Resta, arquitecto italiano puente entre el manierismo y el barroco y encargase el Cardenal Niño de Guevara. Impresionan los grandes lienzos a lo largo de todo el techo y alto de las paredes con un interesante recorrido catequético sobre el antiguo (obra de Juan Zamora paisajista) y nuevo testamento (de Juan de Espinal) relacionados entre sí. Los pilares del salón se decoran con grandes lienzos de los apóstoles, símbolo igualmente de los pilares de la iglesia y de los antecesores de los Obispos sustentados en el origen apostolar.

El techo habla de las virtudes y vicios de los sacerdotes con grandes escenas para recordar a estos su labor para con la iglesia y sus tentaciones a evitar.

Llegamos a conocer los impresionantes lienzos de Zurbarán, con San Bruno, Santo Domingo o San Pedro Martir que tanto nos recuerdan a las obras del artista que se exponen en el museo de Bellas Artes.

Flanquea y preside la sala el primer cuadro de Bartolomé Esteban Murillo que está documentado, una Virgen del Rosario entregando el rosario a Santo Domingo de Guzman. Un cuadro aún influenciado por sus maestros, una de las joyas que alberga en un año especial dedicado a genial pintor sevillano.

Mattia Preti, pintor italiano, nos sorprende con un San Juan Bautista donde observamos la rareza de aparecer no solo la cabeza seccionada sino también el cuerpo.

Visitamos el despacho de invierno, una zona de recepciones y trabajo más privado que actualmente no se suele usar por el Arzobispo pero que guarda también sorprendentes joyas.

Algunas obras de la antigua hermandad de la Vera Cruz, llegados del gran convento de San Francisco, como la aparición de la Inmaculada a Fray Juan de Quirós, la primera Inmaculada de Murillo, que sería posteriormente el referente de la iconografía. También de la Vera Cruz Herrera el Viejo pinta otra Inmaculada apareciéndose a las monjas terciarias.

Completa el Salón, Zurbarán con el San Pedro arrepentido y Mattia Preti con Santa Teresa.

Un recorrido por la pintura, la religiosidad, la iglesia y la catequesis a traves de los salones que albergaron durante siglos el poder religioso y al pastor de la ciudad.

El arte por fin al servicio también de la catequesis y la evangelización en la casa de la Iglesia de Sevilla.

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