“Sócrates”: Y el acusado acató la sentencia

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Sócrates

Mario Gas ha demostrado a lo largo de los años que es un todoterreno, pero las obras de temática o inspiración grecolatina son una importante muestra de su calidad como director que han tenido en el Festival de Mérida su puesta de largo: La Orestiada de Esquilo en el 2004, A Electra le sienta bien el luto, de Eugene O’Neill en el 2005 o Las Troyanas de Eurípides en el 2008 son algunos ejemplos recientes. Su última obra estrenada en el mencionado Festival fue, durante su última edición celebrada, Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano, obra ahora mismo en cartel en el Teatro Lope de Vega de Sevilla hasta este domingo.

Gas se alía con Alberto Iglesias para escribir una dramaturgia excelente sobre la última etapa vital del famoso pensador y el resultado es gratamente satisfactorio por la solidez del texto, las interpretaciones de los actores, la propia concepción del montaje y su mensaje para la reflexión.

Sócrates ofrece un curioso desdoblamiento de los intérpretes en cronistas (cuentan los hechos en torno a Sócrates e incluso evocan lo que se plasma en el famoso cuadro pintado por Jacques Louis David en 1787 sobre su muerte) y personajes alrededor de la figura del filósofo encarnado con contundencia por un apabullante José Mª Pou, en la primera ocasión en que un servidor le ve en el teatro como actor. Su voz y su físico van como anillo al espectáculo y transmite a las mil maravillas las vicisitudes del Sócrates hombre, esposo, padre y amigo. A su alrededor, literalmente, se encuentran un conjunto de actores igualmente geniales en su cometido: Alberto Iglesias demuestra una vez más la potencia de su presencia sobre un escenario, con un discurso acusador dicho con energía, convicción y determinación, creando otro personaje potente que hay que sumar al Polimnéstor de Hécuba o el Jamie Tyrone de El largo viaje del día hacia la noche, entre otros.

Por su parte, Pep Molina se transmuta en otro personaje detractor de Sócrates mostrando firmemente la seguridad con que le acusa, mientras que Carles Canut, inolvidable en La vida por delante junto a Concha Velasco, precisamente dirigido por Pou, hace un genial retrato del amigo de Sócrates, con una escena al final de la función con el propio Pou llena de ternura y cariño, demostrando la fidelidad de su amistad en el momento más crítico. Por otro lado Ramón Pujol y Guillem Motos completan ejemplarmente el grupo de favorecedores de Sócrates, moviéndose en el escenario con precisión milimétrica. Por último es de destacar la grata experiencia de ver actuar a Amparo Pamplona, con voz segura y firme y que da la sorpresa al desdoblarse en la mujer de Sócrates.

Mario Gas concibe esta obra de una manera muy atractiva ya que la cuarta pared prácticamente desaparece y los actores se dirigen constantemente al público para hacerles partícipes de lo que ocurre en el escenario, en el que se muestra, con la sabiduría de Paco Azorín, una escenografía sencilla que recrea la asamblea griega. Complementada con la envolvente luz azul de Txema Orriols y el sencillo pero a la vez atractivo vestuario de Antonio Belart, Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano es una sólida propuesta en torno a la figura de un gran pensador que, con la ingestión voluntaria de la cicuta dio un ejemplo de coherencia y una bofetada sin mano a los atenienses y, a su vez,  tiene una voluntad de implicar al público en la acción teatral, que acabó con una entusiasta ovación, muy merecida.

FOTO: JERO MORALES

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