La ciudad contada

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Javier Compás publica un volumen de relatos en su mayoría ambientados en Sevilla.

Sevilla, que por su enorme atractivo tanto abunda como tema de poemas y ambiente para novelas, no es pródiga sin embargo en inspirar cuentos, y menos aún colecciones como, pongamos por caso Dublineses de Joyce, esa reconstrucción, antes que la de Ulises, de una ciudad y un momento. Javier Compás, pese al título algo nipón que hace pensar en Coria del Río y una estancia con espadas de samuráis (La sala japonesa y otros relatos), entrega ahora una quincena de breves piezas narrativas que, con alguna excepción, recorren la capital andaluza y no solo sus calles, también sus tics, sus rémoras, sus secretos, sus esplendores. Es la confesión de un enamorado que no cae en el pregón, en el cliché, en la repetida cantilena de los estereotipos. Y que cuando hace falta no ahorra una crítica incisiva a modos y vicios sociales. Sobre esa ciudad fina y serena –la Sevilla más mágica es la de interior– ya trata el primer párrafo de “La sala japonesa”: “Paseamos estas calles, entramos en sus patios, oímos el rumor del agua, saliendo por los chorritos metálicos, de fuentes frescas de mármol, nos callamos ante esos leves sonidos de las casas en la claridad atenuada por los toldos en la media mañana, nos besamos en zaguanes en penumbra, mientras las columnas, silentes y firmes, soportaban el eco de los pasos de los que nos antecedieron.”
Poeta precoz (ganó el I Premio Villa de Tomares de Poesía con solo dieciséis años), Compás también ha escrito una novela corta, Los últimos caballeros, y la reeditada La Playa de los alemanes. Cabe calificativo de persona polifacética, y desde luego no se limita a la literatura por más que a esta lleve sus otras pasiones. Licenciado en Geografía e Historia, especialidad de Historia del Arte, y crítico gastronómico de larga y reconocida trayectoria, ahora el autor de La sala japonesa y otros relatos da buena muestra aquí de sus intereses; es decir, habla con conocimiento de lo que en el libro aparece en varias ocasiones: estudios de artistas, inauguraciones de exposiciones, vinos, licores, viandas. También la música, exquisita. Una Sevilla sensorial es la del recorrido de “Nariz”, que da fe de una larga caminata por diferentes barrios. Otra, la de “La Carbonería”, con su memoria de copas y de amores. El mercadillo del Jueves, las murallas de la Macarena, Triana, se enseñorean de la ciudad de los vivos. También aparece la de los muertos: el cementerio de San Fernando en “Noviembre” que, como otro de los cuentos, guarda un aroma del Bécquer de las leyendas, con su misterio.
La primera persona del singular es la elegida para la voz narrativa, incluso en la forma dialogada de “La novela”. Sería, con todo, un error atribuir el discurso del protagonista, mucha veces parecido, al propio autor. Cierto que a menudo, entusiasmado por el placer de contar, se le desborda la voz y, atropellada, esta se lleva como una de las riadas de antes (la que sorprendió a Rilke entre nosotros o la que trató de remediar el padre de Cernuda, al mando del regimiento de Zapadores) los signos de puntuación. Compás transita de lo sofisticado a lo popular, y hace gala, además de una nota melancólica en muchas de estas páginas, de un humor socarrón que –dejemos a don Gustavo Adolfo y sus fantasmas– no duda en poner en solfa a los fantasmones, así sean del pincel o de los manteles.

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