Gusanos de seda

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Es, ya, uno de los poetas sevillanos más destacados de la hora, y eso porque tiene la base de una sólida tradición en la que ha bebido ordenadamente –como otros abrevan en el caos–, a la que se une una ejecución cuidada, escrupulosa. Además, de casta le viene al galgo, porque José María Jurado (1974) es sobrino del escritor y crítico hispalense Miguel García-Posada (1944-2012), y sin duda el magisterio de este tuvo mucho que ver con sus años de formación primero como lector, y como poeta luego. Ello queda acreditado en el quinto de sus libros de poesía, Gusanos de seda, que estos días está llegando a las librerías (me consta que se halla disponible, al menos, en Céfiro, en Virgen de los Buenos Libros). Se trata de una edición de autor, cosa sorprendente, porque o mucho se ha deteriorado el sector editorial o Jurado podría haberlo publicado en alguna de las colecciones consolidadas. En cualquier caso, es de excelente factura, que recuerda a los de Hiperión.
El lector no debe dejarse impresionar por los parabienes que en la contracubierta firman Luis Alberto de Cuenca y Antonio Colinas, y comprobar por sí mismo la calidad del libro, dedicado “a la tierna memoria de mi padre”. No tardará en hacerlo, porque ya el primer poema (de mismo título que la colección) es magnífico, con su tratamiento delicado e inteligente de la memoria, la infancia, la muerte, más algo que no debe faltar en poesía: plasticidad y sentido del ritmo. “Águilas, 14”, justo a continuación, es un canto elegíaco a la casa familiar de la madre. Qué hermosa su segunda estrofa, sucinto recorrido, en esa ubicación y tiempos sucesivos, por la historia de la ciudad: “Este solar, / que alguna vez fue huerta, cuadra, / horno de pan, taller de alfarería, / vio desfilar las águilas de Roma / y ya llevaba mil años habitado. / Desde aquel remotísimo fenicio / que atravesó la niebla y los pantanos / y cobijó sus sueños tras un muro / en el siglo, ¿cuál?, antes del tiempo.”
Pero no es de lejos Sevilla el único escenario de las composiciones del libro: la Roma de la Piazza Navona o de la Via Veneto, Lisboa, Viena y otros lugares centroeuropeos delinean el mapa de Gusanos de seda. A ese aliento cultural se unen música y pintura, que no atosigan porque no son alarde sino vivencia. También la arquitectura se pliega a ser acompañamiento de la vida, modo de enriquecerla y de proporcionar una metáfora. Así, unos bulbos enterrados, al estallar en “torres vegetales” hacen que a los pies se yerga “la Sagrada Familia de Dalí”. Hay páginas sobre la decadencia patria, y también un “Canto de siega Chino”, muy a lo Ezra Pound o Kenneth Rexroth y, por qué no, el Agustín de Foxá más desconocido, el dramático. Y ese logro tan difícil: poemas religiosos que trascienden el credo porque son conseguidos artefactos verbales más que teológicos (no digo el título de uno de estos poemas por no estropear el efecto, que es grande e invita a la relectura).
Gusanos de seda concluye con “Entre dos fotografías”, tercetos de endecasílabos blancos que dialogan con una imagen del padre muerto sosteniendo al poeta bebé, a la pequeña sílaba que era este recién nacido, y otra de aquel niño cuarenta años después: “Ahora tú eres ceniza y yo una sombra / que persigue tu luz en los retratos / bajo la ausencia en sepia del recuerdo”.
No sé con qué fórmula Jurado consigue compaginar la vida familiar y su exigente trabajo como ingeniero de telecomunicaciones, pero ya anuncia cuatro libros más en diferentes géneros, que pronto harán que su bibliografía se redondee con la decena: El lector de almanaques (miniaturas históricas), Cuaresma (poesía), El Partido (microrrelatos) y Cuentos barrocos (que no tienen gato encerrado y son, sí, como sugiere el título, narrativa).

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