“El Público”: El placer de dejarse llevar por lo que se ve y se escucha sobre un escenario

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El universo creativo de Federico García Lorca es de los más ricos artísticamente hablando. El autor de dramas contundentes como Bodas de sangre, Yerma o La casa de Bernarda Alba, que imprimía belleza en todo lo que hacía, con El Público, anterior a las obras citadas, ya dio un paso de gigante en lo que a su ingenio y poder evocador se refiere. Es una obra en la que hay, sencillamente, y como titula esta crítica, dejarse llevar, como lo hicieron los espectadores del Teatro Central de Sevilla, donde se representó hasta ayer.

Àlex Rigola ofrece su visión del texto lorquiano y, ciñéndose al texto, ofrece una función que, en la opinión del que escribe no traiciona el espíritu del autor granadino sino que lo potencia. El propio Rigola invita a una zambullida en la mente de Lorca y lo consigue con grandes aciertos de puesta en escena y unos actores totalmente entregados que hicieron un trabajo impecable otorgando naturalidad pura a sus interpretaciones, sin frases forzadas, y eso significa una pasión absoluta por el trabajo que están haciendo y que afrontan con valentía un texto, de entrada, complejo dando cuenta con el resultado de su alto grado de profesionalidad.

El Público está lleno de grandes momentos, la aparición de tres caballos blancos (Nao Albet, Guillermo Weickert y Laia Durán) de lo más carnales potenciando las pulsiones sexuales que simbolizan, Julieta y su inicial desesperación por encontrar el amor y la tentación que suponen para ella los caballos, todo llevado a cabo de manera sublime por Irene Escolar, a la que un servidor ya había deslumbrado en De Ratones y Hombres, y en El Público da muestras de su multitud de registros interpretativos, que se ponen de manifiesto cuando interpreta a dos personajes más: Un estudiante y la madre de Gonzalo, con idéntica gran calidad.

Otro momento de El Público

Otro gran momento es el diálogo cargado de erotismo y de deseo entre la Figura de Cascabeles y la Figura de Pámpanos que encarnan Jorge Varandela y Jaime Lorente, con frases alegóricas que expresan a las claras una atracción fuerte. Valandera, al que un servidor descubrió y asombró gratamente en El Triángulo Azul, que dirigió Laila Ripoll y produce estremecimiento en su encarnación del Traje de Arlequín, que expresa los temores de Lorca con unas pocas palabras.

Pero la primera escena para el recuerdo nos la ofrece, si hablamos de la estructura de la obra, el diálogo entre el Director (un magnífico Pep Tosar) con el Hombre 1, el Hombre 2 y el Hombre 3 (David Boceta, Jesús Barranco y Pau Roca) todos, como el resto de sus compañeros, vestidos acertadamente por Silvia Delagneau. Esta escena es un enfrentamiento entre las diferentes contradicciones que existen en el cerebro de Lorca: reprimir lo que uno es, o manifestarlo abiertamente, vivir a su manera o como dictan las normas sociales de su época, con el trasfondo de sus inquietudes artísticas, ya que El Público también habla de eso, lo cual se manifiesta en la conversación entre los estudiantes. Otro gran acierto visual es la encarnación del Desnudo Rojo por parte de Boceta, ya que es una imagen muy potente por cómo se ve transformarse y luego descubrir al personaje que encarna por unas frases muy reconocibles, con la excelente colaboración de David Luque como Enfermero, quien antes había hecho una gran creación encarnando al Centurión. Nacho Vera crea una gran sintonía con Tosar interpretando al Criado,  María Herranz despliega una enorme sensualidad interpretando a Elena y Juan Codina brilla como el Caballo Negro y el Prestidigitador.

En resumidas cuentas, un trabajo interpretativo brillantísimo que se complementa con una escenografía arenosa multiusos de Max Glaenzel y el espacio sonoro de Nao Albet, que se luce también interpretando la canción del Pastor Bobo, otro de los muchos aciertos de este montaje de El Público que habla del propio mundo del teatro, con el que Rigola ha hecho un gran tributo a un genio de nuestras letras: Federico García Lorca.

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