Los demonios de la Madrugá

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Las hordas del terror volvieron a aparecer la madrugada del 14 de abril en Sevilla. Los demonios anticofrades volvieron a hacerse eco entre las calles del centro, mientras la gente contemplaba imágenes sagradas a las que rezaba o simplemente observaba con respeto. Una ciudad que andaba con la mosca detrás de la oreja desde que la noche se oscureció y la tiniebla se tornaba propicia para que las tribus canallescas se hicieran presentes en la noche que define a Sevilla. Entonces sucedió, y los demonios salieron a Sevilla tan rápido como para provocar el pánico y dañar a la Semana Sacra para todos los cofrades que sólo buscaban esperanza en esa noche.

Varias conjeturas son las que hemos leído en estos días de reflexión, sobre lo sucedido aquella terrorífica noche. Según dicen, el foco de las avalanchas radica en una pelea en calle Arfe aunque personalmente me parece un argumento vago y carente de consistencia. Dar carpetazo al asunto por una pelea en Arfe, creo que es una ofensa para todas las personas que estaban presentes en la pasada madrugá.

Las reflexiones deben ir mucho más allá. Por ejemplo, la educación es uno de los pilares más enterrados que tenemos en nuestra sociedad, se refleja perfectamente en la Semana Santa: gente molesta por todo, no se pide permiso para nada, imposición, faltas de respeto, malas caras, palabras provocativas, niños malcriados, gamberros que no conocen el respeto ni las gracias ni los por favores… La mala educación es uno de los demonios de esta Madrugá, de Sevilla y de esta sociedad. Cuando digo mala educación, digo pasar por las esperpénticas sillitas: a algunos parece que les estés robando oxígeno para vivir y sus caras de descomposición cuando pasas, son un poema digno de recitar.

Todo lo ocurrido seguramente no se hubiese registrado de esta manera tan extrema si se evitase el consumo en exceso de bebidas espirituosas en plena calle, muy carentes de espíritu precisamente; los consumidores son almas perdidas a la deriva que se fijan más en beberse el trago que en buscar el sentido de la vida que sólo pasa esa noche por Sevilla, esos jóvenes que pierden esa oportunidad, una auténtica pena. Los botellones se han puesto de “moda” en la Madrugá, a pesar de las continuas quejas de los ciudadanos especialmente por la zona de la Encarnación, por el mercado del Arenal y por los alrededores del Duque donde se vieron varios conatos de botellón, y no pasó nada. El exceso de alcohol es un terrible aliciente a las revueltas, es un demonio muy peligroso propicio para desinhibir a los gamberros, perturbar, formar el lío, descontrolar a la gente y provocar miedo. Y así sucedió.

El civismo, la educación y el alcohol. La falta de los dos primeros pilares del respeto y el desborde del último, provocaron que las “carreritas” fueran avalanchas de miedo, de caras desencajadas, de gente llorando por pánico y de caer en los deseos de los demonios que planearon concienzudamente este estropicio, y repito, concienzudamente. La solución pasa por los cofrades, si tenemos que hacer de la Semana Santa un ecosistema hermético que puedes contemplar con una serie de requisitos, para el bien de la celebración, pues se tendrá que hacer. No hay otra.

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