Lo sorprendente y lo cotidiano

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Los seres humanos tenemos la facultad de la adaptación al medio y a sus contantes mudanzas, incluso a las tan aceleradas de nuestra época. La vieja polémica entre Parménides y Heráclito ha quedado superada en la práctica diaria: somos capaces de asimilar y utilizar cualquier innovación electrónica o mecánica sin excesivos sobresaltos, así como de enterarnos de los saltos y cabriolas que puede dar la situación política nacional o internacional sin caer en el catastrofismo ni desarrollar tan siquiera una úlcera de estómago.

Es evidente que esa capacidad de acomodación suele ser más lenta conforme se cumplen años y más rápida en quienes están ahora descubriendo el mundo; pero, en uno y otro caso, con más flema y esfuerzo o con mas presteza y habilidad, en maduros y jóvenes, existe el riesgo común de acostumbrarse a lo perverso sin extrañeza, de aceptar de antemano cualquier situación aberrante sin la menos reflexión ni crítica; en suma, de adaptarse al absurdo, a la anomalía y a la falsedad. Y mucho me temo que esto nos está ocurriendo a los españoles, tanto a los que peinamos canas como a los que – ¡pobrecitos! – acaban de salir de las aulas de la ESO.

Veamos, como ejemplo, una noticia considerada menor, pero que, por lo menos para mí, deja su status de anécdota para instalarse en el ámbito de la categoría. Hace pocas semanas, todos los medios de difusión locales, autonómicos y nacionales recogían un acontecimiento inusual y sorprendente: Barcelona había despertado cuajada de banderas españolas, con el escudo actual incluido, adheridas a muros, postes, contenedores y vallas anunciadoras.

Cundió la alarma social y hubo quienes, en los ámbitos políticos, se rasgaron las vestiduras. La diligente policía municipal -no sabemos si ocurrió lo propio con otros cuerpos de seguridad- recibió órdenes taxativas y perentorias de localizar a los culpables de tan insólito hecho; al parecer, fueron siete jóvenes (¡qué capacidad de movilidad y de pericia debió de tener un número tan reducido de españolistas, como dicen ellos!), de los cuales tres fueron inmediatamente detenidos y acusados de dañar el mobiliario público. A estas alturas, desconozco si pasaron a disposición judicial, si fueron multados o si siguen detenidos sine die hasta llegar a la confesión completa del delito, de sus cómplices e instigadores…

Pocos días antes, cuando aún no había anunciado la fecha clave el ilustre Sr. Puigdemont, la ciudad había estado plagada de pegatinas donde se afirmaba con rotundidad que sí, que votarían en el referéndum. Y, esta misma semana en la que escribo estas líneas, en numerosos espacios urbanos – ya limpiados de las banderas españolas- han surgido como por ensalmo gigantescos carteles con el lema Sin desobediencia no hay independencia (en catalán, claro), con indicación al pie de la entidad promotora del empapelamiento y su dirección de correo electrónico a la que dirigirse, me imagino que para facilitar las cosas a la policía de la Sra. Colau.

Por supuesto, ninguna referencia escandalizada en periódicos ni televisiones: es lo normal, lo cotidiano, lo que se espera y acepta con toda naturalidad; nadie se ha extrañado ni han proferido lamentaciones como cuando aquellos siete jóvenes se las apañaron para mostrar a los barceloneses la bandera española en extensos espacios ciudadanos.

Lo cotidiano ahora es la propaganda separatista; lo sorprendente es cualquier afirmación de españolidad; lo primero es permitido y lo segundo, perseguido; nos plegamos con suma tranquilidad a aquello y nos escandalizamos, con gazmoñería e imbecilidad, de esto. Nuestra facultad de adaptación al medio ha sido viciada y ha llegado a una auténtica situación morbosa.

Es el producto de una larga práctica política: el enaltecimiento de un desvarío colectivo, como supone el anuncio e intención de segregar un pedazo de España, y el recelo o el rechazo frontal ante la defensa de la unidad nacional; como supone la aceptación sumisa y perruna de una simbología extraña -la estrella de cinco puntas mancillando la histórica bandera cuatribarrada- y la invectiva de facha a quien ostente la roja y gualda de todos.

Hablo de mi ciudad, Barcelona, pero tengo la triste sospecha de que igual actitud se produciría -quizás en otra medida- en otras localidades de España, no necesariamente contaminadas por los nacionalismos secesionistas, pero igualmente sometidas a un constante y perverso lavado de cerebro que ha conseguido borrar o adormecer el patriotismo del alma de muchos españoles, y mudarlo por el desafecto o la indiferencia.

No hablo a humo de pajas: tengo alguna experiencia, concretamente en tres localidades -Sevilla, Burgos y Béjar-, que algún día les contaré.

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