La dimisión de las élites

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Un famoso e influyente ensayo de don José Ortega y Gasset hablaba de la “rebelión de las masas” para designar un fenómeno sociológico muy típico del siglo XX. Efectivamente, en la Europa de los años treinta se pudo ver como algo novedoso el protagonismo político asumido por lo que él denominó el “hombre-masa”, ese sujeto que nunca actúa aislado del colectivo popular. Las masas que en la modernidad tienden a estar revueltas suelen intervenir en forma de amasijo de individuos despersonalizados que reclaman derechos al margen de todo deber. Aunque la rebelión de las masas tuvo una versión marxista y otra fascista que hoy suenan muy antiguas, podemos observar la tremenda actualidad de un libro que tiene casi noventa años en la España de hoy, donde la mala educación, la zafiedad y la plebeyez del “qué-hay-de-lo-mío” conforman el panorama común en todos los ámbitos de la vida pública.

Pero hoy querríamos fijarnos en otro aspecto del mismo problema y es en lo que podríamos llamar la “dimisión de las élites”. Partimos de la base de que en todas las sociedades ha habido siempre “aristocracias naturales”, o si esta forma de hablar suena demasiado “elitista”, podríamos hablar de personas mejor preparadas que el común de los ciudadanos para tomar decisiones que afectan al conjunto de la sociedad. Incluso en las sociedades más equitativas, siempre hay grupos que concentran mayores oportunidades de promoción humana para acceder a la riqueza y a la cultura. Esto era así en el Antiguo Régimen y sigue siendo así en nuestros días, por más que nuestros códigos hablen generosamente de igualdad ante la Ley y de democracia.

Pues bien, en este sentido, se da el fenómeno curioso de que la izquierda se cree con autoridad moral para ejercer decididamente este papel de liderazgo en esas masas iletradas. Y lo hace copando en régimen de monopolio los resortes que rigen la orientación moral de la sociedad. Así vemos, por ejemplo, cómo la izquierda no tiene reparos en tomar constantes iniciativas progresistas en la legislación, que han transformado el modelo de familia en el sentido que a ellos les parecía más conveniente. Antonio Gramsci marcó el camino para una hegemonía cultural que hoy es apabullante en la universidad y en la enseñanza media. El predominio de las mentalidades progresistas es absoluto incluso en los medios de comunicación supuestamente “centristas”, en las series de televisión, en las producciones “culturales” que forman opinión y marcan la agenda de aquello de lo que se puede hablar. Esa asertiva promoción de lo que la izquierda considera deseable llega incluso a las altas esferas de la ONU, de la Unión Europea y otras instancias, en las que se da un extraño consenso sobre aquello que podemos pensar e incluso aquello que debemos sentir. La “reeducación” sentimental, en efecto, forma parte de la moderna empanada mental.

Esa actitud “elitista” de la izquierda que nos guía es perfectamente compatible con su crítica constante a la actividad positiva de las auténticas élites que deberían marcar la orientación de la sociedad. Lo hemos visto hace unos días en la forma burda en la que se ha descalificado la iniciativa humanitaria de Amancio Ortega, apelando a los sentimientos envidiosos innatos en el hombre-masa. Salvando las distancias, algo parecido le ocurrió a Antonio Banderas en su Málaga natal. Estos episodios pueden parecer anécdotas, pero son muy significativos. Parece como si tales formas primarias de reaccionar ante el mecenazgo “descontrolado” pretendiesen disuadir a los que van por libre de intervenir en el ámbito público con el fin de que se refugien en su vida privada, que es el destino natural que ellos reservan para los “pijos”.

Tal es la realidad que tenemos hoy. En esa estrategia de amordazar a los que destacan por sus méritos personales las izquierdas están teniendo un gran éxito, sobre todo en España. Porque efectivamente, los sectores más preparados de nuestro país parecen haber interiorizado la idea de que cualquier intento de influir en la sociedad es moralmente reprobable. Y así vemos cómo, en general, la gente verdaderamente valiosa por su talento, por su trabajo o por su capacidad parece desengañada de la vida pública y ha renunciado a ejercer toda forma de liderazgo. ¿Creen ustedes que en el Congreso de los Diputados se sienta algo parecido a la verdadera aristocracia intelectual y moral de nuestro país? O por lo menos, ¿creen ustedes que el Parlamento actual recoge realmente todo el panorama ideológico de nuestra sociedad? Si fuera así, sería para emigrar. Parece incluso que los cristianos hemos renunciado a hacer apostolado, que puede ser visto como una forma de proselitismo cuasi-pecaminoso.

En consecuencia, la buena gente se queda en su círculo familiar y de amistades, como si tuviera miedo de que les digan fachas, autoritarios o retrógrados. Mientras cualquier cantamañanas o sacamantecas de la izquierda se cree legitimado para airear sus sediciosas propuestas, la gente verdaderamente ejemplar educa a sus hijos para que no se metan en líos, tengan buenas y lucrativas profesiones y, en todo caso, sean honrados en sus relaciones privadas. Y lo peor es cuando racionalizan su actitud sobre la base de un liberalismo exquisito, con lemas del estilo, “cualquier medida que se tome contra eso, será peor”, “quién soy yo para juzgar” o “vive y deja vivir”. O incluso “mientras nos dejen tomarnos una copita de buen vino…”, o “peor están ahora en Irak”.

Seguramente las masas no estarían tan revolucionadas si las élites no hubieran dimitido de la manera lamentable en que lo han hecho.

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1 Comentario

  1. Excelente análisis y conclusión. El problema es que esta sociedad es descaradamente antielitista y rechaza de forma casi violenta todo lo que en otro tiempo era ejemplar. Y era ejemplar simplemente porque funcionaba. Por eso, hoy, la actitud antielitista está acompañada de un sentimiento de rabia y de fracaso que se subliman hasta convertirse en virtudes. Ser hoy un verdadero desgraciado viste más, en los entornos dominantes de la cultura y la comunicación, que son los que determinan a la opinión pública, que llevar una vida honrada y exitosa en lo familiar y profesional.

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