Españoles: Franco ha vuelto

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Oficialmente Francisco Franco Bahamonde falleció hace la friolera de cuarenta y dos años. Por aquel entonces, Portugal todavía tenía colonias, el Muro de Berlín parecía indestructible y Sergio y Estíbaliz representaban a España en el festival de Eurovisión (por cierto, con no mucho mejor éxito que el muchacho ese del gallo). Pero sí, parece que ha llovido un poquito desde entonces.

Ningún político y muy pocos intelectuales reivindican hoy el legado del personaje nacido en Ferrol, el cual parece muy lejano a lo que piensan la mayoría de los jóvenes y menos jóvenes de nuestro tiempo. Sin embargo y contra lo que cabría esperar, su figura sigue muy presente en la agenda de los políticos actuales, quienes parecen no tener tareas más urgentes que atender que dedicarse a ajustarle las cuentas a esta figura del pasado. Insatisfechos con este olvido generalizado de su gran enemigo de antaño, los políticos que el noble pueblo español ha tenido a bien elegir para dirigir sus destinos están empeñados en plantar batalla a un personaje contra el cual todavía consideran que hay que luchar.

Hace algún tiempo, el entonces juez Baltasar Garzón creyó que cumplía con su obligación de juez al abrir diligencias penales para comprobar si Franco había muerto; se ve que el hombre tenía sus dudas. La alcaldesa de Barcelona pensó que hacía un servicio público organizando una exposición en la que aparecía la estatua ecuestre del Caudillo, pero decapitada, tal vez para asegurarse de que el susodicho no saliera galopando por la Diagonal, reverdeciendo los aplausos que el Generalísimo recibía cada vez que visitaba la Ciudad Condal. Ahora, nuestra izquierda, con la ayuda del polifacético Albert Rivera, ese niño prodigio de la ambigüedad, pretende exhumar los restos mortales de su eterno enemigo que yacen, por cierto, en una iglesia que está perdida allá por la sierra de Madrid, y cuya mera existencia también les molesta muchísimo. No sabemos si el objetivo de la operación es comprobar médicamente si el interfecto sigue en estado cadavérico, o más bien lo que pretenden es regodearse profanando su momia, como hicieron en el 36 en tantos conventos e iglesias de España, allá por la época de esa modélica II República que tanto añoran. Objetivos, como se ve, más que irracionales yo diría que claramente supersticiosos y macabros.

Don Quijote creía que estaba haciendo una acción meritoria acometiendo molinos, a los que tomaba por gigantes. También en otra ocasión se dedicó a machacar títeres, sin comprender que estos objetos inertes no representaban ninguna amenaza real para nadie. Pero no necesito explicarles a ustedes que el noble Hidalgo de la Mancha estaba como una regadera, aparte de que en sus desatinadas aventuras no gastaba dinero público, sino que, al llevarlas a cabo, solamente ponía en riesgo la integridad de sus propios huesos. Los inquilinos del Congreso de los Diputados, por el contrario, se presupone que no están locos y saben perfectamente cómo nadar y guardar la ropa desde sus poltronas. En efecto, es un hecho objetivo que aquellos que tienen edad para ello (que por ley de vida ya van escaseando) no movieron ni un solo dedo cuando Su Excelencia vivía y, sin embargo, ahora se han convertido en furibundos anti-franquistas retrospectivos, de esos que harían exclamar a quienes conocen el refranero: “A moro muerto, gran lanzada”. Dicho en latín, parece más fino y políticamente correcto: “Leoni mortuo etiam lepores insultant”.

Así pues, ¿cuál es el motivo que anima a tan rencorosos sujetos a querer sacar la huesa de Franco de su sepultura? Si esta gente no da puntada sin hilo, ¿cómo explicar entonces este repentino y aparentemente estéril fervor anti-franquista? A mi modo de ver, la única razón que explica esta tardía ojeriza es la sensación que tienen de que lo que representaba Franco aún está vivo y les duele, hasta el punto de que se ven en la obligación de combatirlo. Ya sé que lo que voy a decir es hoy una blasfemia de lesa democracia. Pero lo digo porque así lo creo: Franco fue un dictador, nadie lo duda, pero un dictador que salvó a España de una dictadura mucho peor, la que representaba el Frente Popular, tras el que se encontraba la siniestra figura del padrecito Stalin.

En 1936 solo había en España una única convicción compartida por el noventa y tantos por ciento de los ciudadanos: y esa convicción compartida era que la democracia liberal burguesa (sí, el régimen definido por Churchill como el menos imperfecto de todos los posibles) era una pamema fracasada y que, en su lugar, había que implantar un régimen totalitario en el que el enemigo tenía que estar bien sometido para que jamás pudiera volver al gobierno. Precisamente, en ese funesto consenso consistió la guerra civil, en la cual, como digo, la victoria fue para el bando menos malo de los dos, aunque sea por el hecho objetivo de que al menos estos no se mataban entre sí, como hacían los “rogelios”.

¿Y cuál es ese espíritu franquista que nuestros próceres quieren aún combatir? No es, desde luego, el afán de perseguir a los rojos, ni de reimplantar el catolicismo de Estado, ni volver a las camisas azules ni caminar por el imperio hacia Dios. En esas cosas ya no cree hoy absolutamente nadie, ni siquiera los escasísimos falangistas y carlistas que van quedando. Ni siquiera la Iglesia pretende hoy volver al régimen confesional. Lo que la izquierda quiere hoy condenar, como si fuera herencia franquista, es la defensa de la unidad de España, el respeto a la tradición católica, el apoyo a la familia, a la decencia y a los valores humanos que hacen prósperas a las sociedades y que convirtieron a España, a pesar de su aislamiento, en la octava economía del mundo. Todo ese conjunto de valores que los podemitas, con su extraordinaria retórica, calificarían como “facha-fascista-franquista-neofacha”.

La derecha no levantará cabeza mientras no sea capaz de reivindicar los éxitos políticos y económicos del franquismo, que los tuvo y muy meritorios. Y mientras la izquierda no asuma con naturalidad la verdad histórica de lo que verdaderamente pasó, estos grotescos intentos de ejecutar a Franco post mortem no servirán más que para homenajear a una figura que supera incluso al Cid, ya que no para de ganar batallas incluso después de muerto y sepultado. Como podría decir el Tenorio, “los muertos que vos desenterráis gozan de muy buena salud”.

En cualquier caso, pregunto con toda la seriedad de la que soy capaz: ¿no es hora ya de enterrar definitivamente la Guerra Civil y dejar a los muertos descansar en paz?

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